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Libros
- Saga Oeste
- Saga Este
- Saga Sud
- Saga Norte
- Saga Final
Saga Kadingir
ÍNDICE
- Capítol 17 – Los Hallazgos de Sil
- Capítulo 16 – Fuera
- Capítulo 15 – Encarcelados
- Capítulo 14 – Ciudad Baja
- Capítulo 13 – El transportador
- Capítulo 12 – Buenos días!
- Capítulo 11 – Se apunta
- Capítulo 10 – Samurai Katori
- Capítulo 9 – Llegada al pueblo
- Capítulo 8 – Tab-Rab
- Capítulo 7 – El poder de Sil
- Capítulo 6 – La partida
- Capítulo 5 – Los anillos de Lokituk
- Capítulo 4 – Vale!
- Capítulo 3 – Nuevas amistades
Un año más, el invierno ha llegado de forma repentina a las Montañas de Oratam. No ha dejado de nevar en toda la noche, y en tan sólo unas horas el paisaje ha cambiado radicalmente; plantas, árboles, e incluso ríos, han quedado cubiertos por la nieve virgen que será la indiscutible protagonista de la región durante los próximos seis meses.
Este hecho no es de extrañar. Cada año pasa lo mismo. Una gran nevada que sorprende la medianoche: Así es como empiezan los largos inviernos en este territorio.
Si a este hecho añadimos que estas montañas son prácticamente inexpugnables, ya no tan sólo por su altitud, sino también por todos los grandes accidentes geológicos que hay por el camino, no es de extrañar que toda la zona esté deshabitada. De hecho, el pueblo más próximo se encuentra a dos días de camino des el valle de la montaña.
Poco a poco, el día se atreve a despertar, y la luz del sol empieza a bañar la carena de las colinas. La calma y la tranquilidad reinan en la zona, y ningún ruido perturba el tranquilo despertar del nuevo día. O no…
De repente, se oye una explosión, y una gran puerta de madera maciza, aparece del interior de un montón de nieve tal y cómo si hubiera sido disparada con un cañón. Después de sobrevolar unos metros, cae pesadamente al suelo provocando un escandaloso retrueno que resuena por todo el valle.
La puerta, al salir expulsada de aquella pequeña montaña de nieve, ha dejado un agujero que parece la entrada a una cueva. Pero de su interior no sale humo ni fuego de la explosión, sino un chico de unos dieciséis años.
Tranquilamente, rascándose la cabeza, sale al exterior. Parece medio dormido, y tan sólo viste unos pantalones negros. A pesar de ir descalzo, y con el torso desnudo, no parece que el frío le moleste mucho.
Con los ojos medio cerrados, en parte porque apenas se acaba de despertar, y en parte por la claridad del día, que ahora lo deslumbra, empieza a andar por encima la nieve, mientras estira los brazos a ambos lados, bostezando intensamente, para quitarse el sueño de las orejas.
Su cabello, ahora despeinado, es negro como el carbón, al igual que sus ojos. Es bastante delgado, pero su cuerpo, fortalecido por la vida a la montaña, es firme y atlético.
Poco a poco, a medida que se desvela y al ver toda aquella nieve, comprende porque no había podido abrir la puerta.
—¡Aha! Ya ha llegado el invierno! —piensa Lutum, contento, mirando a su alrededor. Es el momento para comprobar si el entrenamiento tiene su recompensa.
A continuación, girándose hacia la entrada, extiende los brazos adelante, con los puños cerrados. Cierra los ojos, y se concentra durante unos segundos. Rápidamente los vuelve a abrir, al igual que los puños, y una gran ráfaga de aire que sale de la nada, hace que el gran montón de nieve que tiene delante suyo estalle de repente, dejando al descubierto una pequeña cabaña de madera, ahora sin puerta, que estaba oculta bajo la nieve.
—Perfecto! —dice sonriendo satisfecho al ver que ha podido quitar la nieve del refugio sin destruirlo, ni hacerlo volar por los aires, como le pasó la última vez.
Acabado el trabajo, se gira en dirección al que parece un bosque cubierto de nieve, se agacha en posición de impulso, y… desaparece.
De hecho, científicamente, Lutum no ha desaparecido, sino que sólo ha empezado a correr. Pero lo ha hecho a tal velocidad, que ha sido más parecido a una desaparición que otra cosa.
Tal es su rapidez, que poco a poco, sus pies dejan de hundirse en la nieve al pisarla; si bien los primeros pasos dejaban huella encima la nieve, poco a poco, esta pasa a ser más y más superficial, hasta que finalmente desaparece del todo, haciendo imposible saber que alguien ha pasado por allí. Se podría decir que más que correr, vuela… y es que Lutum no es un chico normal.
Su imagen, borrosa a los ojos que cualquiera por su alta velocidad, no tarda muchos segundos en llegar a la entrada del bosque.
Es en aquel momento en el que, sin dejar de correr, vuelve a extender los brazos con los puños cerrados, se concentra, y los abre rápidamente. Y tal y cómo si hubiera creado un pequeño tornado justo delante suyo, la nieve que cubre el camino, los árboles y los arbustos, empieza a saltar violentamente, acumulándose a derecha e izquierda, y dejando un ancho camino libre de nieve, hojas, ramas o arbustos, por donde pasa la borrosa y veloz imagen de Lutum, que de hecho, parece estar empujando el tornado con las manos.
A medida que avanza bosque a través, los animales que también han sido sorprendidos por la imprevista llegada del frío, lo observan curiosos, mientras se preparan para hibernar durante una larga temporada, o para iniciar la emigración correspondiente hasta que las estaciones más cálidas vuelvan a Oratam. Este es el caso de una bandada de cuervos, que arranca el vuelo al unísono.
Empujar un tornado, por muy pequeño que sea, no es fácil, por la presión del aire. Es por eso que las manos de Lutum han ido enrojeciendo poco a poco. Cada vez le es más difícil mantenerlo controlado. Pero aún así, no reduce la velocidad ni la fuerza del remolino, sino que forzando todavía más la musculatura de brazos y hombros, sigue controlando la gran masa de aire, y acelera todavía más su veloz carrera.
Manos y brazos le empiezan a temblar.
Sin perder la concentración, mira fijamente el anillo que lleva en el dedo índice de la mano derecha. Es metálico, de un azul eléctrico, y dibuja un complicado entramado que desemboca en el centro, donde se encuentra la imagen de un triángulo cortado por una línea horizontal.
El temblor ha seguido acelerando de tal forma, que ya es una acelerada vibración que hace prácticamente imposible distinguir el contorno de las manos, que ya le empiezan a quemar. Tanto es así, que entrecierra los ojos y aprieta los dientes con fuerza, para intentar aliviar el dolor.
Persiste y sigue corriendo cuando los brazos también le empiezan a temblar, y nota un gran peso en los hombros, que va en aumento.
Y finalmente, cuando ya casi está a punto de perder el control… se acaba el bosque… el pequeño tornado… y el suelo.
Antes de empezar a caer por el acantilado, Lutum tiene el tiempo justo de girarse en el aire para mirar atrás y ver la curiosa imagen del bosque que queda arriba del precipicio. A pesar de estar completamente nevado, ahora tiene una curiosa senda que lo atraviesa, totalmente libre de nieve y vegetación.
No puede evitar reír de satisfacción al ver que ha podido volver a abrir el camino con tan sólo una pasada, y levanta las manos, en señal de victoria mientras se precipita al vacío.
Unos quinientos metros más abajo, descansan las aguas de un gran lago, que si bien veinticuatro horas antes hubiera sido un buen lugar donde aterrizar, ahora no lo es tanto, pues toda la superficie está completamente congelada.
Cuatrocientos metros.
Pero Lutum ya cuenta, con este detalle. Y por eso es por lo que mientras desciende, adopta posición vertical, como si fuera a zambullirse, coloca una mano en su espalda, y la otra, con el puño cerrado, apunta hacia el lago. Manteniendo esa posición, se concentra una vez más.
Trescientos metros.
Esta vez no se trata de nieve virgen como la que reponía encima su cabaña, o sobre los árboles y arbustos del bosque. Ahora es una dura y gruesa capa de hielo tanto o más dura que el propio suelo, y se acerca a ella a una velocidad de vértigo.
Doscientos metros.
Lutum calcula la zona donde caerá. Tiene que enfocar toda la fuerza en aquel punto. No como ha hecho hace unos instantes, empujando el tornado, sino como un tiro de aire comprimido. Sabe que juega con un estrecho margen de error, y que no tan sólo debe conseguir abrirse paso, sino que también lo debe lograr en el lugar apropiado.
Cien metros.
Una vez más, cierra los ojos, y concentra toda la fuerza en el brazo derecho, que tiene extendido, y de éste, a la mano, que todavía tiene cerrada en puño.
Un metro.
Y justo cuando abre los ojos, y su puño está a unos escasos diez centímetros del hielo, extiende el dicho índice. Y cómo si con este movimiento hubiera pedido la entrada al gran lago, el hielo comprendido en una imaginaria zona circular no demasiado más ancha que él, revienta en docenas de pedazos, que quedan flotando encima el agua, como cubitos dentro de una bebida, por donde Lutum entra limpiamente, siendo así engullido por el gran lago sin ningún otro ruido que el tintinear de los trozos de hielo al repicar entre ellos.
Después, el silencio.
El gran lago parece que ni siquiera se ha percatado del agujero que le han abierto, pues al estar congelado, ni siquiera hay las ondas concéntricas que normalmente revelan que alguien se ha zambullido.
A los alrededores del lago, hay una gran extensión cubierta de nieve, y más allá un nuevo bosque, que aunque también nevado, éste ya deja ver las copas de los árboles, en parte por su situación en una altitud inferior, y en parte porque el calor del sol ha empezado ya a fundir la nieve en algunos puntos.
Pero es poco rato en el que reina la tranquilidad del paisaje, pues una nueva explosión en el interior del lago abre un nuevo agujero en la gruesa capa de hielo, en una zona muy próxima a la orilla. Y cómo es de esperar, de este agujero sale proyectado un chico de unos dieciséis años, que después de dar una vuelta en el aire, aterriza firmemente sobre sus pies.
Y aún así, a pesar de ir descalzo, y calado de pies a cabeza de agua helada, no parece que tenga ni la más mínima sensación de frío. Y es que Lutum, no es un chico normal.
Da la vuelta y mira hacia arriba, a unos quinientos metros, a la zona desde la que ha saltado, y vuelve a sonreír de nuevo. Está en plena forma.
Cada año, cuando la gran nevada da paso al invierno, Lutum quita la nieve del refugio, obre de nuevo el camino del bosque, y salta al gran lago helado, tal y como su padre le enseñó. De este modo puede comprobar si el entrenamiento que ha hecho a lo largo del año ha sido de provecho.
Primero está la ráfaga de aire. Los primeros años, ni siquiera podía sacudir la nieve de la cabaña, pero a medida que pasaron los años, su poder alcanzó tal potencia que incluso algún año había llegado a destruido por completo. Pero no es el caso de hoy, que lo ha logrado perfectamente.
Acerca del tornado del bosque, es una técnica mucho más compleja de elaborar y mantener. Lo más complicado es encontrar un equilibrio de fuerza que le permita obtener un remolino suficientemente poderoso para abrirse camino entre el bosque, pero sin sobrepasarse, pues a más es la fuerza del aire, menos tiempo es capaz de mantenerlo. Algunos años, el tornado había sido demasiado débil, y no podía abrirse paso. Otros, era demasiado fuerte, y no había logrado mantenerlo hasta el final. Pero no es el caso de hoy, que lo ha logrado perfectamente.
Finalmente, el lago. Al contrario que la ráfaga de aire y que el remolino, que actuaban en una gran área, esta técnica requería un único objetivo, mucho más focalizado. Un único punto donde debía aplicar toda la fuerza del aire comprimido.
Esta última prueba, tenía la particularidad que si no se hacía bien a la primera, sus consecuencias solían ser bastante dolorosas, ya que suponía estamparse contra el hielo. Y a pesar de que Lutum es mucho más fuerte y resistente que cualquier otro chico de su edad, no deja de ser una experiencia dolorosa. Aún así, aunque no consiguiera abrir el agujero en al hielo, el efecto del disparo de aire comprimido siempre reducía la velocidad de la caída, amortizando parcialmente el choque.
Pero este año le ha salido todo perfectamente. Ha enlazado las tres pruebas con una perfecta sincronía, y está muy satisfecho de ello.
Y mientras disfruta del momento de la victoria, un ruido misterioso y tenebroso, un rugido propio de una bestia salvaje, lo sorprende, haciendo que se gire rápidamente en posición de combate, justo cuando el bramido vuelve a oírse.
Es entonces cuando se da cuenta que la bestia infernal es su estómago. Y es que aún no ha almorzado.
Abandonando la posición de defensa, bastante inútil en esta situación, se friega el estómago y mira a su alrededor. Los árboles cubiertos de nieve no parecen tener ningún fruto para apaciguar su hambre, al igual que el lago, que vacío de peces, tampoco será un buen proveedor de alimentos, esta mañana.
Resignado, decide que la única forma de poder desayunar en condiciones, es servirse de la pequeña despensa del refugio, y por este motivo emprende una vez más golpe más el camino a casa. Aunque muy a su pesar, la subida es mucho menos rápida que la bajada, pues si bien es capaz de saltar del acantilado, y cubrir la distancia en pocos según, no puede utilizar la misma técnica para subirlo.
La ruta alternativa es bastante más larga. Se trata de una collada; un camino que a través de varios zigzags, para suavizar el gran desnivel, llega casi hasta a la cumbre. Pero evidentemente, Lutum no seguirá el serpenteante camino, tan largo cómo aburrido, sino que decide cruzarlo a través, a pesar de la exagerada pendiente. Así pues, se coloca en dirección a la cumbre, y una vez más, cogiendo impulso, vuelve a desaparecer.
En esta ocasión la carrera es bastante más rápida, pues no tiene que crear ningún remolino. Tan sólo se limita a adentrarse al bosque, subir por la montaña, y volver a salir al camino, un tramo más arriba. Tomando estos atajos, el camino, a pesar de mucho más difícil, también es mucho más corto.
La velocidad es óptima, cuando ya ha subido más de diez tramos. A ese ritmo, en poco más de cinco minutos habrá llegado a la cumbre.
Mientras sube ya piensa en el desayuno que lo espera arriba, y en las tareas del día. Deberá volver a colocar la puerta en su lugar, y abrir otro camino libre de nieve hasta la zona del bosque donde va a buscar leña, que tendrá que empezar a recopilar hoy, para tener suficiente para pasar todo el invierno. Y es que a pesar de su tolerancia al frío, durante las drías noches, le gusta dormir cerca del fuego encendido.
Y mientras sigue inmerso en sus pensamientos, sin tan siquiera fijarse en lo que lo rodea, su ascensión se ve interrumpida de repente, cuando en uno de los tramos de camino, entre dos zonas boscosas, un gran todo terreno negro, lo embiste violentamente.
La colisión es tan salvaje, que Lutum, que recibe el choque lateralmente, no sólo golpea contra el suelo, sino que rebota en él, para estrellarse finalmente contra un árbol, que lo frena, desenterrando parcialmente sus raíces.
El vehículo por su parte, que ha perdido el control por el gran impacto, da dos vueltas sobre su eje, saliéndose del camino, para acabar chocando en la boscosa. Una cortina de humo sale por el capó del motor, ahora aplastado completamente.
2. SIL
No es, ni mucho menos, el mejor día de la vida de Sil. De hecho, éste está a punto de encabezar la lista de los peores días de su vida.
Mientras conduce temerariamente el todo terreno de su padre, no deja de maldecir el incomprensible clima de las montañas que lo rodean. No puede comprender como puede haber cambiado todo en tan pocas horas.
Esta misma noche, la pasado en su pequeña tienda de campaña, tal y cómo ha venido haciendo desde el día que marchó de casa. Y de hecho, en el momento de dormirse, la noche era cálida y tranquila. Pero cual ha sido su sorpresa, cuando se ha despertado a primera hora de la madrugada, totalmente congelada, y al salir de su pequeño habitáculo ha descubierto que el invierno había llegado de repente, como por arte de magia.
—Se puede saber como demonios ha cambiado tanto el clima, en una sola noche? —grita Sil enfadada, mientras intenta guiar el coche entre los caminos nevados sin salirse— Esto es imposible! Esto va contra la naturaleza! Mierda de naturaleza! Que no sabe hacer bien su trabajo, o qué? Y porque demonios no me han avisado, aquellos estúpidos aldeanos? Rayos y truenos! Si algún día vuelvo a verlos me van a oír! Ya lo creo que me van a oír!
La nevada le ha complicado muchísimo el viaje. Por un lado, porque su equipaje no es de invierno. Ni la ropa, ni las mantas, ni siquiera la pequeña tienda de campaña. Todo es de verano, para pasar días cálidos, como los que ha hecho hasta esta misma mañana.
Evidentemente, tampoco trae cadenas por el coche, hecho que complica todavía más el control y la conducción del vehículo. Pero lo peor de todo es que con el paisaje, también ha cambiado el camino. Nada es como ayer. Todo ha quedado cubierto de nieve, y ya no hay ningún señal de la ruta que seguía hasta ahora.
Desde que ha dejado el campamento, y ha iniciado la nueva etapa de viaje, ya se ha salido del sendero media docena de veces, y dos de ellas ha acabado dentro del río. Por suerte, el vehículo está totalmente preparado para estas condiciones, y a pesar de las adversidades, ha logrado seguir adelante. Y no podría ser de ninguna otra forma, ya que se trata de uno de los mejores todo terrenos de la flota de su padre. Y es que el padre de la Sil es multimillonario.
A pesar de lo que pueda parecer, ella no es una intrépida aventurera a la que le guste dormir en tiendas de campaña, y viajar por el mundo, sino todo lo contrario. Es una chica que ha buscado la comodidad toda su vida, y la ley del mínimo esfuerzo siempre ha sido su directriz. Nunca ha pensado en hacer nada que no sea comprarse lo que quiera con el dinero de su padre. A sus dieciséis años, lo tiene todo. Es lista como el hambre, tiene todo el dinero que quiere, y también trae a todos los chicos de cabeza.
Pelo liso de negro intenso, ojos de un misterioso verde oscuro, y un rostro en parte perverso, pero fino y seductor. Si además añadimos que es una deportista nata, no será difícil entender porque siempre es el centro de todas las miradas masculinas. Pero aún así , tiene un pequeño problema. Su genio.
—Me cago en todo! Estúpidos ignorantes de pacotilla! Anacolutos analfabetos diplomados! Ya me podrían haber avisado! Qué se los costaba decirme que esta noche haría una nevada de cojones?! Cromagnones desarrapados!
Este año ha finalizado los estudios obligatorios, y ya había decidido que no seguiría estudiando. Se puede decir que la Sil es la típica hija única consentida, acostumbrada a que le den todo lo que quiere, cuando lo quiere. O al menos así ha sido hasta hace pocos meses. Mientras se mira el dedo anular de la mano izquierda, recuerda aquel día de verano.
Hacía un par de semanas que había acabado las clases, y estaba con sus padres en la casa donde suelen pasar las vacaciones. De hecho, más que casa es una torre, situada en una zona de alto standing, rodeada de otras torres y chalets, de propietarios tan o más ricos que ellos.
Aquella tarde, aburrida y sin saber qué hacer, porque no daban nada que le gustara en ninguno de los más de trescientos canales de televisión por satelite, empezó a vagar por la casa sin rumbo aparente, para pasar el rato. De su habitación a la cocina, de la cocina al lavabo, allá se miraba un rato al espejo, después volvía al comedor, de este volvía a la habitación…
Y en una de estas intrépidas excursiones locales, que ya hacía a la pata coja, por puro aburrimiento, se fijó en una de las muchas puertas que, a pesar de haberla visto un montón de golpes, hacía mucho que no le había prestado atención. Al contrario que todas las otras, esta no llevaba a una habitación, sino a unas escaleras.
Conocía el sótano perfectamente. De hecho, cuando era más pequeña había pasado largas horas ahí, pues siempre ha estado de antigüedades, por el negocio de su padre, que la cautivaban. Se entretenía mirando los extraños objetos, figuras, cuadros, estatuas, y un montón de cosas más. Incluso tenía un cocodrilo disecado, que le había producido más de una pesadilla de infancia.
Pero hacía ya muchos años que no entraba. Quizás ni siquiera había las mismas cosas, a pesar de que su padre raramente se vendía esos valiosos objetos.
Guiada por el aburrimiento, por la curiosidad, o quizás por la nostalgia, su mano fue hasta el pomo de la puerta y la abrió. Delante suyo, las viejas escaleras de madera tal y como las recordaba. Más allá, la oscuridad.
Atravesó la puerta, no sin antes encender la luz, y lentamente fue bajando los escalones de uno en uno. A cada paso, y mientras los chasquidos de la madera se quejaban de su peso, los recuerdos de sus últimas estancias volvían a cruzar su mente. Prácticamente no había cambiado nada. Unos pocos escalones más, y ya se encontraba al pie de la escalera, mirando todos los extraños objetos de las estanterías.
Cómo siempre que iba allí, la atmósfera parecía cargarse de historia. En aquel sótano había elementos con más de cinco mil años de historia. Objetos que habían estado a los cuartos reales de reyes, en las tumbas de faraones o en cabañas de antiguas tribus. Y ahora, descansaban ahí, en su casa, no por su utilidad o su belleza, sino por su antigüedad. Con los siglos, su función original se había perdido completamente, pero curiosamente su valor había aumentado.
En uno de los estantes, había un juego de collares que colocados uno encima de otro, formaban un cilindro, que según le explicó su padre, era para alargar el cuello a las mujeres de una tribu, llamadas las mujeres jirafa. Siempre le habían causado una cierta sensación de cierto malestar, porque según le había explicado, si se quitaban el collar tubular, morían desnucadas. Recuerda como de pequeña se imaginaba cómo sería la vida sin poder quitarse aquello del cuello, y se ponía nerviosa sólo de pensarlo.
Un poco más allá, un juego de muñecas de madera de radiantes colores. Eran todas iguales, con forma de bolo. Se podían encajar una dentro de otra, de forma que al final quedaban todas dentro de una sola. En alguna ocasión había pedido permiso para jugar con ellas, pero nunca le habían dejado. Siempre había pensado que era una tonteria, tener muñecas con las que no se podía jugar.
Su nostálgico paseo la llevó hasta una gran mesa redonda, donde había dos estatuas de marfil, elaboradas con dos grandes colmillos de elefante. Dos geishas que parecían estar bailando algún tipo de danza sensual, contorsionándose.
Finalmente, llegó a la vitrina de las joyas. Un gran escaparate de anillos, brazaletes, collares, coronas, diademas, pendientes… algunas de muy sencillas y simples, incluso austeras, y algunas de recargadas, barrocas, incluso grotescas.
Y entre todos aquellos pequeños objetos de decoración personal, sus ojos repararon en un anillo que sin tener nada especial, le llamó la atención, sin saber porque. Parecía metálico, de un verde intenso, con un extraño entramado de nudos, y una imagen central, con dos estrellas de cinco puntas, una junto a la otra.
No recuerda haber dado dos vueltas a la llave que estaba colocada ya en la cerradura de la cristalera, ni tampoco haber abierto la fina puerta de madera y cristales. Ni siquiera recuerda haber cogido el anillo, que descansaba en una pequeña almohada de terciopelo negro. Y mucho menos habérselo puesto en el dedo anular de la mano izquierda. Pero el caso es que lo hizo, porque sin saber cómo, se encontró a ella misma mirando como el anillo cobraba vida y se adaptaba a su dedo.
Todavía ahora sigue mirándolo, mientras tampoco quita ojo del camino nevado.
—Quién carajo me mandaba a mí embarcarme en esta historia? —sigue gritando, por sus adentros— Yo tendría que estar a casa, ahora! Apoltronada en el sofá, con la calefacción, mirando la tele! Y no aquí, pasando frío por culpa de este clima del demonio, que se ha vuelto loco! Yo tendría que estar en la ciudad, con la gente civilizada! Y no en una región perdida de la mano de Dios, que ni siquiera sale en los mapas, donde sólo viven una pandilla de locos energúmenos antropopitecos! Argh!!
Mientras conduce con una sola mano, con la otra golpea, como si fuera un tambor que acompaña la melodía de su amplio registro de insultos, el monitor del sistema de navegación por satélite que incorpora el vehículo, que hace interferencias a causa de la nevada. Pero con este científico método de reparación de hardware, no consigue sino que finalmente la pantalla se funda en negro, dejando un pequeño puntito blanco en el centro.
—Ah, muy bien! —se vuelve a quejar, sorprendida y contrariada por la reacción del pequeño aparato de precisión— Trasto inútil! Ahora te mueres? Y ahora qué? Ahora como representa que sabré por dónde ir? Eh? Eh? —le reclama con rabia.
Poco a poco, empieza a frenar el coche. Sin el sistema de navegación por satélite no puede hacer gran cosa, y decide consultar unos mapas que compró hace un par de días en una de las últimas aldeas habitadas.
Abre la puerta del todo terreno, y sale al exterior. Un golpe de aire frío la sacude y le recuerda la baja temperatura externa, donde no hay calefacción. La diferencia es impactante, especialmente considerando que tan sólo viste con unos tejanos negros, una cazadora corta a juego, y un top de verano.
Remugando insultos, mientras el vapor se le escapa entre los dientes, con las hombros levantadas, la cabeza agachada, y abrazándose ella misma, Sil rodea el coche y se dirige a la parte del final del vehículo, donde obre la puerta posterior.
Dentro reina el caos. Todos los asientos de atrás han sido plegados para ganar espacio de maletero, y este está lleno hasta los límites de todo tipo de equipaje. Cajas llenas de comida, una tienda de campaña mal plegada completamente empapada, dos maletas, varías mochilas, un saco de dormir desplegado, libretas, libros, carpetas, un botiquín abierto que ha ido desperdigando todo su contenido, varias herramientas, un cesto, y unas cuántas cajas de cartón apiladas.
Es precisamente a estas cajas, donde se dirige. Coge la primera, encima de todas, mira en su interior, y haciendo cara de asco, la tira a la otra punta del maletero. Coge la segunda, mira el que contiene, y esta vez, contenta, encuentra loo que busca. Saca un par de mapas del interior, todavía para estrenar, vuelve a dejar la caja a su lugar, y empieza a desplegar uno de ellos.
El mapa es de la región. En él se pueden ver todos los picos de las Oratam. Sil se encuentra próxima a la cumbre de Rassaliv, el segundo más alto de la zona, muy próximo a una collada que le permitirá cruzarlo. Este al menos, era su plan ayer, cuando la montaña no estaba totalmente cubierta de nieve.
Hacía apenas unos meses, no habría podido interpretar un mapa ni siquiera con una hoja de instrucciones, pero ahora ya es toda una experta. Puede situarse rápidamente, leer todas las indicaciones, y encontrar la ruta correcta sin ningún tipo de problema. Ha cambiado mucho, desde el día en que marchó de casa.
Mientras revisa el recorrido una vez más, aún temblando de frío, tiene la sensación de oír un ruido lejano. Una ráfaga de viento que cada vez se oye más y más fuerte. Curiosa por el estaño sonido que llega des de alguna de las montañas, imposible de saber cual, por el del eco, mira a su alrededor, y ve como una bandada de cuervos se aleja de una zona boscosa no muy lejos de donde se encuentra ella.
El escalofrío que le recorre la espina dorsal la hace volver en si, y se apresura a coger el mapa, cerrar la puerta posterior, y volver dentro del vehículo, donde la espera la calefacción.
Una vez dentro, calor y seguridad vuelven a rodearla. Despliega el mapa asegurándose de dejar a la vista la zona donde se encuentra, y lo coloca en el asiento del copiloto, donde lo puede ir consultando mientras conduce. Enciende el motor, y poco a poco se aleja de la zona.
Según sus cálculos, no está muy lejos del collado que está buscando. Si consigue cruzarlo, sólo le hará falta bajar para dirigirse a los valles de la otra ladera de la montaña. Con suerte, en aquella altitud, más baja, no habrá nevado, y podrá acabar la etapa de las Oratam, para seguir el viaje hasta su destino.
La collada pero, no es nada fácil. Un camino lleno de curvas, prácticamente invisible al estar cubierto de nieve, en el que controlar el coche es toda una epopeya. Si acelera demasiado, se arriesga a chocar contra un margen o caer montaña abajo, pero tampoco se puede tocar el freno, pues las ruedas del vehículo se bloquearían, y se perdía el control.
Si a este hecho, añadimos que Sil no solo no tiene carné de conducir, sino que además éste es el primer coche en el que se sienta en el lugar del conductor, nos daremos cuenta de la temeridad de la situación. Así pues, poco a poco el todo terreno va avanzando por el sinuoso camino lentamente, pero de forma segura. En un par de horas habrá cruzado, y después todo será más fácil.
Mientras no deja de vigilar el camino, no puede evitar volver a mirarse el dedo anular de la mano izquierda. Aquella joya del mismo verde que sus ojos le ha cambiado la vida. Todavía ahora tiene la imagen del anillo adaptándose a su dedo; todavía ahora recuerda como aquellas tramas y nudos metálicos se movían, serpenteando, para encajarse a ella. Y todavía ahora recuerda como aquel día, asustada como estaba en aquel sótano, intentó inocentemente quitarse el anillo. Pero evidentemente, le fue imposible. Nunca más pudo hacerlo.
De repente, un chico aparece del no nada al medio del camino, embistiendo el todo terreno violentamente. La colisión es tan salvaje, que Sil pierde el control debido al impacto, y da dos vueltas sobre su propio eje, saliéndose del camino, para acabar estampándose contra la zona de bosque.
Una cortina de humo surge por el capó del motor, aplastado completamente.