Y en poco menos de un segundo, todo cambia.

Cambia tanto, y de forma tan veloz, que se requiere analizar los movimientos de todos los implicados, uno a uno, considerando tanto copias como originales, personas y objetos.

Por un lado, Sil, nerviosa al ver que la puerta de la entrada se abre, rompe la conexión entre ella y su copia, abortando de esta forma el poder de duplicación.

Lutum se lo mira, curioso.

Por otro lado, la otra Sil, como copia que es, al desaparecer la fuente de energía de poder que la mantiene, se ve físicamente atraída por el cuerpo de la Sil original. Así pues, ella y katana, convirtiéndose en una mancha borrosa, tal y como a cómo se podría ver una flecha disparada por un arco, atraviesan a una velocidad espasmosa el pasillo, para atravesar los barrotes, insertándose dentro del cuerpo original.

Lutum se lo mira, curioso.

La katana, aparte del veloz recorrido a través de la galería, no atraviesa los barrotes, como la copia de la Sil, sino que golpeando el larguero, salta por el techo de la celda.

Lutum se lo mira, curioso.

Los dos guardianes, hablando distraídamente entre ellos, giran el pomo de la puerta y la abren, ignorando todo el escándalo del interior.

Lutum se lo mira, curioso.

La Sil original, penetrada por su copia, siente una convulsión por todo el cuerpo que la sacude y la hace saltar por el aire, y sobrevolar la celda, por donde ya vuelta la katana.

Lutum se lo mira, curioso.

Katori, haciendo uso de sus extraordinarios reflejos, salta al ver su katana volando por la celda, para ocultarla de la vista de los soldados. En el transitado techo de la celda, se encuentra aparte de su sable, una Sil proyectada por el impulso de haber absorbido su copia a gran velocidad.

Lutum se lo mira, curioso.

Los dos soldados abren la puerta, despreocupados, y entran en el interior, sin dejar de charlar, dirigiéndose a la mesa. Uno de ellos hecha un vistazo a la celda y ve como el joven samurai y la chica se abrazan encima de la cama, y como el otro prisionero se lo mira curioso.

—Oh, por favor! —se queja el soldado, con cara de asco— Podríais hacerlo en otro lugar, no? Y encima el otro se lo mira! Pervertidos!

—Ah, déjalos estar! —dice el otro, abriendo un cajón de la mesa, del cual saca unos documentos, que firma— Nosotros ya hemos acabado la guardia. No es nuestro problema. Además, por cuatro días que se los quedan, que los aprovechen!

—Esta juventud de hoy en día no tiene vergüenza! —dice indignado, firmando los mismos documentos.

Los dos soldados giran y marchan por dónde han venido, cerrando la puerta a continuación. Por las voces que se pueden oír a través de la puerta parece que saludan a los otros dos soldados que les hacen el relieve.

Todo vuelve a estar en silencio en la galería.

—Katori… —dice Sil, estirada en la cama, debajo el samurai, clavándose la funda de la katana en la espalda

—Qué? —dice él, mirando de reojo a la puerta, asegurándose que los soldados ya se han marchado.

—…o sales inmediatamente de encima mío, o te aseguro que cogeré la katana que me estoy clavando en la espalda, y te la haré comer sin funda. —amenaza.

—Perdona, yo no tengo la culpa que te hayas puesto en medio del recorrido entre mi katana y yo! La celda es muy grande para todos! Necesitabas el techo, justamente?

—Que salgas de encima mío! —dice ella, empujándolo, y haciéndolo caer al suelo.

—Anda! Cuántas cosas que han pasado en un momento! —dice en Lutum, divertido.

—Y tú qué? —le reprochan los dos, a la vez? Sólo te lo has mirado! Podrías haber ayudado!

—Ahhh! No os preocupéis! Si lo habéis hecho muy pero que muy bien! —dice contento— A pesar de que no he acabado de entender de que hablaban los soldados, de vosotros. Qué quiere decir que sois unos pervertidos?

—Olvídalo! —gritan los dos, avergonzados.

—Bueno, a ver… —dice en Katori, agarrando la katana con una sonrisa peligrosamente dulce— …centrémonos en lo que toca… marchamos de aquí!

De repente, sin que sus compañeros ni siquiera hayan podido ver cómo, la desenfunda y esgrime una forma en el aire, antes de volverla a enfundar.

—Señores… la salida… es abierta! —y diciendo esto, coge uno de los barrotes, y lo estira hacia él, separándolo completamente de la puerta.

—Has cortado los barrotes! Anda! —dice Lutum, cogiendo otro, emocionado? Vaya, vaya! Has visto? Están todos cortados! Muchas felicidades Katori! Lo has hecho muy bien!

—No está mal… —murmura Sil, intentando hacer un cumplido.

Poco a poco, los tres salen de la celda a través de la puerta, por dónde han sacado los barrotes.

—Muy bien, y ahora qué hacemos? —dice Lutum— Tenemos que irnos discretamente, no? Pero como lo podemos hacer?

—Muy fácil… —dice Sil— Tengo un plan!

—Yo tengo otro… —dice en Katori— Y el mío es mejor, seguro!

—No, no! El mío es mejor! —se queja Sil— Y tú no mandas, aquí! Sólo eres un acoplado!

—Acoplado? Aquí la única que tiene ganas de acoplarse eres tú! Ya van dos veces que té me tiras encima!

—Yo? —chilla ella, indignada.. Aquí la única cabeza caliente eres tú, tanto, que incluso el pelo se ha puesto rojo! Samurai quemado!

—Mi cabello siempre ha sido rojo! Lo que pasa es que eres demasiado corta de miras como para entenderlo! —grita él.

Los dos soldados que hacen guardia en la puerta están aburridos mirando las musarañas, esperando que llegue la hora del relieve, cuando de repente, oyen gritos a en el interior.

Rápidamente, abren la puerta y entran dentro la galería, para ver como dos de los prisioneros, que no están a la celda, sino justo delante suyo, se discuten violentamente.

—Eh! —oyen los dos soldados, a su derecha.

Al girarse, ven al tercer prisionero, que evidentemente tampoco se encuentra en la celda, sino justo a su lado, que los saluda con la mano, sonriente. A continuación, pierden el conocimiento. Los dos protagonistas de la discusión la posponen en el momento en el que ven como Lutum, con una ráfaga de aire, ha arrojado a los dos soldados contra la pared, dejándolos fuera de combate.

—Aha! —dice Katori— tal como tenía planeado!

La mirada de incredulidad de Sil es descarada.

—Sí, seguro.

Lutum saca la cabeza por la puerta y echa un vistazo al exterior. No hay nadie en el pasillo.

—Muy bien, tenemos hasta el próximo cambio de guardia. —dice Katori— Esto nos deja unas tres horas. Tenemos que salir de aquí y encontrar un barco donde ocultarnos hasta que zarpe.

—Sí, y tenemos que recuperar el Transportador!

Los dos lo miran con cara de pocos amigos.

—Bien, y cómo salimos? —pregunta Sil— Vamos hasta la salida vigilando en cada pasillo?

—Ah, no hará falta… conozco un atajo! —dice Katori sonriente, mirando su katana.

Fuera, la noche es oscura y tranquila. Aparte del accidente del mercado al mediodía, el resto del día ha sido normal. Los comerciantes han cargado sus barcos, y los han preparado para salir a primera hora de la mañana. Después, una vez han dejado el trabajo hecho, se han marchado a dormir, o a emborracharse en alguno de los muchísimos bares y locales del puerto, ahora llenos hasta los topes.

Es por eso por lo que las calles están vacías, y nadie ve como en una de las paredes de piedra del edificio de la prisión, se abre una entrada, hasta el momento invisible. Un cuadrado perfecto se dibuja en el muro, y a continuación cede en bloque, tal y cómo si fuera una gran puerta que se estuviera abriendo. Y entonces, de la pequeña apertura, se asoma la cabeza de la Sil, que mira a derecha e izquierda.

—Ok, no hay peligro! —susurra.

La puerta sigue abriéndose pesadamente, y la chica sale completamente, cargando la mochila. Una vez más, se asegura que no hay nadie.

—Perfecto, está todo desierto. Ya podéis salir.

Los dos chicos, también con mochilas, salen por la misma puerta que lo ha hecho la Sil, y a continuación, Lutum cierra la puerta con una intensa ráfaga de aire, que desplaza el pequeño muro hasta que vuelve a encajar con el resto de la pared.

—Vaya Katori… si que corta, esta espada tuya, eh? Has abierto dos puertas en dos muros como si tal cosa!

—El arte de la katana es mucho más que tan solo cortar cosas… tienes que percibir el espíritu de tu objetivo! —dice trascendental, el samurai.

—Sí, sí… pero cortas mucho, eh? —resume él.

—Bueno chicos! —dice ella— Ahora lo que tenemos que hacer es aprovechar que todo el mundo duerme o bebe, para encontrar un barco que vaya a las Islas Sedem, y colarnos dentro. Una vez estemos escondidos, ya podremos descansar hasta llegar a nuestro destino!

—Sí! —dice Katori.

—No! —dice Lutum.

—No? —dicen Sil y Katori.

—No! —repite Lutum— Primero tenemos que recuperar el Transportador!

—Oh, venga, Lutum! Debes estar de broma, no? Pero si sólo es un trasto!

—No, no! Lo digo de verdad! Hemos llegado aquí gracias a él, y además salvó a todo su pueblo, hace cinco años! No podemos dejarlo en un contenedor de basura!

—Lutum… no ves que no podemos colarnos en un barco con ese trasto? —dice ella— Entrar nosotros es sencillo, pero cómo quieres hacer entrar y ocultar aquel monstruo?

—Ya lo moveré yo! Lo puedo levantar y ocultarlo en uno de estos barcos! Son muy grandes!

—Estás zumbado… —murmura en Katori.

—Pues yo sin el Transportador no me voy. Si hace falta me lo llevo de nuevo al pueblo.

—Oh, que conversación más estúpida! —dice Sil— Muy bien, muy bien! De acuerdo! Que sea así. Iremos a buscar aquella máquina de matar, ataúd con ruedas, y ya veremos qué hacemos!

—Viva, viva! —grita Lutum, contento— Muchas gracias! Ya veréis que bien nos lo pasaremos en Islas Sedem, usándolo.

—Tú tienes mucha fe, eh? —comenta ella.

Vigilando antes de girar en cada calle, y desplazándose lo más discretamente posible, se dirigen rápidamente a la zona del mercado, al paseo marítimo. Al contrario que esta mañana, ya no está lleno de tiendas y clientes. Ahora está vacío y silencioso. Tan sólo se oye el balanceo de los barcos, con su característico crujido de madera. Ni siquiera parece el mismo lugar.

Y recorriendo el mismo camino que han hecho a gran velocidad hace apenas unas horas, reventando tiendas y esquivando peatones, se dirigen calle abajo, donde hay la iglesia dónde por poco acaban el viaje y la aventura.

—No está! —grita en Lutum, desesperado, señalando la zona donde había el contenedor? No está! El contenedor de basura!

—Shhhht! —sifonea Sil— No grites, que nos oirán!

—Pero es que no hay el Transportador!

—Bueno, claro… —añade Katori— Era el container de la basura… seguramente lo vacían cada día. Era de esperar.

—Y donde lo vacían?

—Ni idea… seguramente en algún barco de basureros. Pero no pretenderás que busquemos en todos los barcos del puerto hasta que lo encontremos, no?

—Sí! —dice contento— Buena idea!

—Ah, no! —se niega Sil— Una cosa es perder unas horas preciosas porque estás encantado con aquel pedazo de chatarra asesino, pero otra es perder el barco que nos lleve a Islas Sedem! Me niego!

—Pues yo me quedo! —dice tozudo Lutum.

—Muy bien, a ver… —dice Katori, tranquilizando los ánimos— Haremos una cosa… nos separaremos y cada uno de nosotros buscará tanto un barco que vaya a Islas Sedem, como el barco basurero.

En aquel momento, las campanas de la iglesia empiezan a sonar. Todos miran el gran reloj del campanario.

—Ahora son las doce en punto. Lo que vamos a hacer es quedar a las dos en este mismo lugar. Nos quedará poco menos de una hora para embarcar, antes de que nos echen de menos. Si hemos encontrado el Transportador, nos lo llevamos, y sino, nos vamos sin él.

—Ah, no! —se niega Sil— Me niego a ir sola por este lugar! Soy una chica frágil y delicada, yo! No lo veis, ostia?

En Katori suspira, agotado.

—Muy bien, muy bien… que ella se quede por aquí, vigilando las mochilas, y nosotros dos buscaremos el vehículo. —dice mirando a su alrededor— Mira, puedes esconderte en aquel portal, con el equipaje!

—De acuerdo! Pero no tardéis, eh? A las dos aquí!

—Muy bien! —dice en Lutum, contento— Nos vemos!

Y cogiendo impulso como siempre, desaparece de la vista de los otros dos, calle arriba, donde empiezan los astilleros.

—Quieres decir que lo encontrará? —pregunta Sil.

—No me extrañaría. Es más listo de lo que parece.

Tan rápidamente cómo ha venido, Lutum vuelve a aparecer junto a sus compañeros, resoplando.

—Katori, para que sean las dos, qué aguja tiene que estar señalando el dos? La grande o la pequeña? Es que siempre me lío!

—Cómo? —dice en Katori, alucinado.

—El reloj! —dice en Lutum, saltando, señalando el reloj— Cómo sabré que son las dos?

—La pequeña en el dos, y la larga en el doce —dice Katori, mientras una gota de sudor frío le resbala por la frente.

—Gracias! —dice contento— Nos vemos!

Y una vez más, cogiendo impulso, desaparece calle abajo, mientras los otros dos lo observan, aturdidos.

—Quieres decir que lo encontrará? —repite Sil.

—No.