—Te has multiplicado! —repite, señalándolas, a las dos.

—Que no escuchas lo que te digo? —dice la otra Sil? Pero si te lo acabo de decir, que es mi poder! Tengo el poder de la mitosi!

—Te has multiplicado! —insiste? Y… qué es la mitosi?

—La mitosi es el proceso de división de las células somáticas de los eucariotes, que consiste, fundamentalmente, en una división longitudinal de los cromosomas y en una división del citoplasma.

—Eh? —exclama él.

Las Sil, viendo que no vale la pena entrar con tecnicismos con aquel chico, dejan los tecnicismos.

—Que me multiplico! —dicen las dos, a la vez.

—Ah, ves? Ya te lo he dicho, yo! —dice contento, cogiendo la manzana que tenía a medias, y atacándola de nuevo— Un poder muy chulo, eh?

—Un poder muy chulo? Y ya está? No tienes nada más a decir?

—Uhmmm… —piensa él, ruidosamente— Pues no.

—Y no te asustas de mí? —dice una Sil— Ni me tienes miedo, ni dices que soy extraña? —complementa la otra.

—No, no! —le dice a la primera— Y tampoco, tampoco! —le dice a la segunda.

Las dos chicas sientan una junto a la otra, pensatives.

—No hace falta que me hables por separado, que soy la misma…

—Ah, vale! —responde, comiéndose el último trozo de embutido que queda encima del manto.

—La verdad es que me pensaba que te afectaría más, ver como me duplicaba.

—Ah, está muy bien, tu poder! Tiene que ser muy práctico para cazar, quitar la nieve, o para hacer varías tareas a la vez! Pero lo has hecho muy bien! Porque decías que no lo dominabas?

—Es que de hecho, todavía no lo domino nada de nada. —confiesa una de ellas— según los documentos que he consultado, con este poder no tan sólo me puedo duplicar una vez, sino tantas cómo quiera. Ahora, cada una de nosotras tendría que poder volverse a multiplicar. Así podríamos ser cuatro, que a su vez se podrían multiplicar, y ser ocho, dieciséis, o tantas como haga falta.

—Vaya! Tantas copias puedes hacer? Esto está muy bien! Podrías hacer el trabajo de todo un día sólo en cinco minutos!!

—Bueno, no es tanto sencillo… —dice una de ellas— …cuando me duplico, pierdo capacidad de concentración, fuerza y velocidad —completa la otra— Podríamos decir que mi energía normal queda repartida entre dos, y esto hace que todo sea más difícil.

—Es decir, que si hicieras diez copias tuyas, cada una de ellas tendría la décima parte de fuerza que tú?

—Sí, exacto…. pero esto no tendría que pasar. Teóricamente tendría que mantener la energía original. Pero aún no domino lo suficiente.

—Ah, pero está muy bien, para hacer sólo unos meses que tienes el anillo, no? Seguro que si te entrenas mucho, lo conseguirás!

—Sí, eso espero. De hecho, he mejorado muchísimo en las ultimas semanas! —dice la primera Sil— Cuando empecé a duplicarme, no podía controlar las copias por separado, y las dos se movían y hablaban a la vez! —completa la segunda.

—Y no has intentado duplicarte otra vez, ahora?

—No, no podría! Estoy agotada, no podría ni empezar! Seguramente me quedaría a medias, y no sería muy agradable.

Diciendo esto, Sil recuerda la primera vez que notó los extraordinarios efectos de ser la portadora del Tab-Rab.

Todo empezó una semana después de habérselo puesto.

A aquellas alturas, ya había dado por inútil cualquier intento para quitárselo, y se pasaba todos los días a la Biblioteca Histórica de Metrópoli Norte, empezando a descubrir los primeros datos sobre los anillos. Estaba leyendo un gran volumen, de tapas de piel, titulado “Crónicas de la Segunda Edad”, donde había una compilación de las historias de los cronistas oficiales del Imperio Otok, que podrían ser muy interesantes, si no fuera porque ni siquiera mencionaban los anillos.

Pensando que quizás los cronistas oficiales no harían nunca mención de los anillos, precisamente porque estos trabajaban para los propios líderes del Imperio, que seguramente no querrían revelar el origen de su poder, pensó que tendría que consultar fuentes menos oficiales, aunque más dudosas.

Así pues, se dirigió a la sección de Documentación Antigua Reservada. Una gran sala de dos pisos aislada climáticamente, que se mantenía siempre a la misma temperatura y grado de humedad, para evitar el deterioro de las obras.

Tan sólo había revisado una pequeña parte de todos los libros potencialmente interesantes, o sea que se dirigió directamente a la sección centrada en el Imperio Otok. Así pues, con la ayuda de una escalera de mano que la acercaba a los volúmenes de los estantes más altos, y haciendo equilibrios, empezó a seleccionar los títulos que le parecían apropiados; una compilación de cartas originales del correo de la época, una compilación de edictos originales, un arcaico atlas de la época, documentos de la guerra civil…

Cuando tuvo todos los que le interesaban, los amontonó uno sobre otro, y empezó a bajar la escalera de madera. Pero una vez más, haciendo honor a su poca agilidad con la psicomotricidad, en uno de los largueros de la escalera resbaló, perdiendo el equilibrio.

Considerando que aquella área de la Biblioteca era reservada, y que si tenía acceso a aquellos originales únicos en el mundo, era gracias a los contactos de su padre, se asustó tanto por si se estropeaban con la caída, que su reacción instintiva fue aferrarse fuerte a ellos mientras caía, para evitar que se pudieran deteriorar, aunque supusiera usarse a ella misma de escudo humano.

Pero cual fue su sorpresa al ver, o más bien dicho notar, que la caída no llegaba.

Su mente no comprendía nada. Se había quedado suspendida en el aire? Porque no había caído? Por un momento le había parecido que se había agarrado al pasamanos de la escalera, pero esto era imposible, porque tenía las manos ocupadas abrazando el montón de libros.

Abrió primero un ojo, para ver que efectivamente no se encontraba en el suelo, sino que todavía estba en la escalera. Después abrió el otro, y miró abajo. No había duda. No había bajado ni un escalón. Finalmente, atrevió a mirar la escalera.

Y de nuevo, cual fue su sorpresa al ver que aparte de abrazarse fuertemente al montón de libros, también era cierto que se agarraba del mismo modo a la escalera para no caer… con las otras dos manos. Y es que a la altura de los codos le habían nacido dos brazos nuevos, que estaban fuertemente agarrados a los pasamanos.

El impacto visual fue tal, que soltó tanto los libros como la escalera, hecho que comportó su caída, así como varios desperfectos a la selección de libros, que finalmente le llovió encima, después de caer aparatosamente de culo, hasta el pie de la escalera.

Rápidamente, volvió a mirarse los brazos, pero eran perfectamente normales, tanto en forma como en número. Tenía dos; uno en cada codo, como siempre le había pasado.

En un principio, no sabía si creerse lo que había visto, ya que después de todo, había sido tan sólo por unos segundos. Quizás había sido la imaginación, que le había jugado una mala pasada, o quizás llevaba ahí demasiadas horas, y demasiados cafés. Pero recordaba muy claramente como se había mantenido en el aire durante un buen rato, y también como le había parecido cogerse a la escalera.

Durante unos minutos, se quedó en el suelo, quieta, y rodeada de lo que había sido la lluvia de libros.

En caso de que todo ello se lo hubiera imaginado, no tendría que dar más vueltas… pero en caso de que realmente, tal como le había parecido, hubiera duplicado sus brazos por un instante, estaba segura que tenía que haber alguna relación con el anillo.

En cualquier otro momento de su vida, habría descartado aquella absurda idea de entrada, pero apenas hacía una semana que había visto con sus propios ojos como un anillo cobraba vida para adaptarse a su dedo, y como se había resistido a ser desalojado de este, aunque lo hubiera intentado de todas las formas humanamente posibles. Si a esta extraña experiencia, le añadía las extraordinarias historias que había estado leyendo los últimos días sobre los anillos y sus poderes, hacía que todo ello fuera más… posible.

Así pues, se levantó, y después de recoger todos los libros que había desperdigados por sui alrededor, intentó un ejercicio.

De pie, y extendiendo una mano delante suyo, con la palma hacia arriba, intentó concentrar el máximo de fuerza, contrayendo los músculos del brazo y de los dedos, como si fuera a levantar un gran peso.

En su interior, notaba una extraña sensación. Parecía cómo si su cerebro percibiera más músculos que los que en realidad tenía. En una ocasión, un amigo de su padre, al que le faltaba un brazo, que perdió en un accidente, le había explicado que a pesar de no tener, a veces sentía picor, sensaciones o dolor, en el brazo inexistente. A ella le costaba de entender cómo podía notar picor en un brazo que no tenía, pero ahora la sensación era muy similar. Su cabeza, le estaba diciendo que en aquel brazo, en realidad había dos, y que los podía mover independientemente. Pero su vista le decía que sólo había uno, de brazo.

El sentimiento de incomprensión y de paradoja la frustraba, y se transformó en rabia. Rabia porque estaba sola; rabia porque nadie la estaba ayudando, en todo aquello; rabia porque ella nunca había pedido que le pasara; rabia porque hacía días que buscaba en vano, y rabia porque no podía ver el que su cerebro le estaba diciendo.

Y entonces, de un ataque de rabia, dio un puñetazo a la estanteria de libros que tenía delante…con su tercer brazo.

Esta vez, aunque impactada al ver como volvía a tener dos brazos derechos, mantuvo la calma para analizar la situación. No había duda que era real. No había dude que no se lo estaba imaginando. Era real, era seguro, y era… físicamente imposible.

Lentamente, y con mucho miedo, empezó a maniobrar su nueva extremidad. La falta de práctica hacía que los dos brazos derechos se movieran a la vez. La sensación era tremendamente extraña. Con la mano izquierda se tocó la palma de una de las manos derechas. Sus terminaciones nerviosas se mezclaban parcialmente con la otra mano, que también notaba, a pesar de que en inferior medida, el tacto del dedo. Después, tocó la otra mano, notando claramente la diferencia. Poco a poco, su cerebro fue separando las dos manos derechas, y pudo cerrar ligeramente una, sin mover la otra.

La visión de las dos manos derechas, moviéndose independientemente, según su voluntad, era extremadamente angustiosa, pero a la vez excitante. Y justo en aquel momento, la puerta de la sala reservada se abrió.

Un hombre de tercera edad, calvo, con gafas de pasta y vestido bastante pasado de moda entró. Era el profesor Narollah, jubilado desde hacía diez años, que estaba elaborando una tesis sobre la existencia del brécol en la época los otokanos. Hacía semanas que venía siempre sobre aquella hora.

—Buenas tardes, Sil… —dijo el hombre distraídamente, pensando en sus teorías.

Ella, asustada en un primer momento, al verlo entrar, pensando que podría ser descubierta, notó un pinchazo en el brazo, y al mirarlo descubrió que ya volvía a ser único.

—Qué, como va tu búsqueda? —siguió preguntando— Has encontrado algo nuevo, hoy? Ya sabes que si quieres, te puedo echar una mano!

La Sil, quedó en silencio unos segundos más, y finalmente respondió.

—Hola profesor Narollah… Sí… podríamos decir que hoy sí que ha valido la pena venir… y gracias por su oferta, pero creo que no me hará falta que me eche una mano… sobre todo… hoy.

Des de aquel día, Sil había sido combinando sus horas de búsqueda a la biblioteca con las de entrenamiento.

Cuando estaba a la sala reservada y no había nadie, intentaba volver a duplicar sus brazos, siempre vigilando la entrada, y cuando había gente, seguía investigando sus fuentes.

Con el tiempo, llegó a descubrir que no tan sólo podía hacerlo con los brazos, sino también con las piernas, y que había técnicas mentales que la ayudaban. Cuando quería duplicar un brazo, tenía que concentrarse en aquel músculo invisible, y hacerlo salir de una sacudida, o en el caso de las piernas, tal y cómo si diera un golpe de rodilla en el aire. Entonces, el músculo “salía” de su interior. Muchas veces, para no perder tiempo de entrenamiento, si había más gente en la sala, se sentaba en una silla, y mientras leía y consultaba documentación, intentaba duplicar una pierna, bajo la mesa. Aún así, era bastante complicado y peligroso. Complicado porque tenía que concentrarse en la lectura y en la técnica, y peligroso porque cuando lo conseguía, la mayoría de veces la pierna surgía con tanta fuerza, que golpeaba con la rodilla bajo la mesa y la hacía botar, pasando a ser el centro de atención de todas las miradas de la sala.

Pero una de las cosas que más la preocupaban era que, en su investigación sobre los diferentes poderes de los anillos, no había ninguno que encajara con sus nuevas habilidades físicas. Ninguna de estos hablaba de un Portador con cuatro brazos, o cuatro piernas. Todos hablaban de poderes que no tenían nada a ver con los suyos, y que quedaban totalmente descartados. Todos… menos uno.

No era exactamente su poder, pero era relativamente parecido. Era el Tab-rab. El anillo de la multiplicación del cuerpo.

Técnicamente, y según los manuscritos, este anillo permitía a su portador multiplicar su cuerpo entero tantos golpes como quisiera, y controlarlos todos ellos independientemente.

Suponiendo que este fuera su anillo, esto significaba que su poder iba mucho más allá de lo que había visto hasta el momento. Esto significaba, que podía llegar a multiplicar su cuerpo totalmente.

De repente, Sil siente un estremecimiento por todo el cuerpo, que la hace volver en sí.

—Vaya!! —se sorprende Lutum, señalándola— Te has vuelto a fusionar!! Ha sido rapidísimo! Ha sido cómo si dos gotas de agua se juntaran en una! Prácticamente no he podido ni verlo!

—Sí, siempre es así… —responde ella—…si el proceso de duplicado es complejo, el de fusión es instantáneo, y de hecho casi nunca voluntario. Pasa cuando me distraigo, cuando mi atención se centra en otra cosa. Mi cuerpo original absorbe instantáneamente la copia.

—Oh, Sil! Tienes un poder magnífico! Seguro que si te entrenas podrás mejorarlo mucho! Y entonces, tendrás tantas copias, que podrás utilizar toda la ropa que dices que tienes, usando un vestido para casa cuerpo! —dice él, contento por haberle encontrar una aplicación a aquel extraño poder.

A la Sil se le vuelve a escapar la risa, al oír la extraña idea que se le había ocurrido a Lutum.

—Sí, quizás sí que tienes razón… —murmura, agotada por aquel día tanto intenso, antes de rendirse al sueño.