El nuevo día que apenas despierta en las Montañas de Oratam se presenta con un cielo claro, sin ningún rastro de nubes, y tan frío y gélido como su sucesor. Parece como si las últimas veinticuatro horas tan sólo hayan sido el preludio del que será un invierno glacial.

—Ya está? Así piensas ir? —exclama Sil, cargada con una gran mochila que le hace difícil mantener el equilibrio? No coges nada?

Lutum viste una camisa negro de cuello mao, con las puntas de las mangas blancas, así como a la franja vertical de los tramos. Larga hasta las rodillas, con anchas mangas, y botones cilíndricos de madera. Complementa la vestimenta con sus pantalones de entrenamiento, y unas chanclas de cuero. Aparte de esto, no trae ningún bolso, mochila, ni equipaje.

—A que te refieres?

—Cómo que a que me refiero? Te vas de casa, sin saber para cuánto tiempo, y no te llevas nada de equipaje? Ni una triste maleta?

—Pero que quieres que me lleve?

—Pues cosas! Ropa! Comida! Mudas! O es que piensas ir siempre vestido igual?

Él se mira de arriba a bajo, sin acabar de comprender aquellas feroces críticas.

—Pero qué le pasa, a mi ropa?

—Nada le pasa! Pero digo yo que tendrás que cambiar, no? Se ensuciará, y entonces qué? Irás sucio y pestilente?

—Bueno… si se ensucia… la lavaré! —dice contento.

—Pero…. pero… Oh! Da igual. Olvídalo. —dice finalmente, dándose por vencida— Y comer qué? Tampoco comeremos?

—Ah, no te preocupes! Ya pescaré o cazaré allá donde vayamos! Además, los árboles estén llenos de fruta, y el bosque está atiborrado de recursos!

—Pero que no ves que allí donde vamos no hay bosque? Vamos a la ciudad! Sólo hay edificios, y si quieres comer, los tienes que pagar!

—Pagar?

—Oh, olvídalo!! Me vas a volver loca! Da igual! Yo ya llevo comida suficiente para llegar al pueblo. Allí ya compraremos más… va, será mejor que nos vayamos, que tenemos un largo camino para recorrer. —dice ella, emprendiendo la marcha.

—Venga, vamos! —responde él, contento.

—No cierras el refugio con llave? —le pregunta, mientras inician el camino de bajada.

—Llave?

—Nada, nada… no he dicho nada.

La primera etapa que tienen que recorrer es la collada que la última vez atravesaron con el vehículo transversalmente. Un camino rodeado de árboles, ahora nevados, que conduce hasta el gran lago. A medida que avanzan, sus pasos se hunden a la nieve, dejando el rastro por allá donde pasan.

—Quieres que te traiga la mochila? Creo que te pesa demasiado, eh? —le dice, señalándole el gran equipaje.

—No, gracias! —dice ella, enfadada— No necesito ninguna ayuda! Es mi equipaje, y lo llevo yo! Sé espabilarme sola, sabes? No te pienses que porque tú eres un chico eres más fuerte! He hecho el viaje hasta ahora toda sola, y no he necesitado a nadie! Nunca!

—Ah, muy bien! —dice él sonriente, lejos de captar la indignación de su discurso, y acelera el paso, dejándola atrás, mientras ella se arrepiente de sus orgullosas palabras, que ahora la obligan a acarrear todo aquel peso.

—Eh, mira! Cerezas de nieve! —grita Lutum, acercándose a un árbol y señalando su copa— Son muy buenas, y sólo salen en invierno, después de la primera nevada!

Dicho esto, haciendo un rápido movimiento con la mano, tal como si ahuyentara a un mosquito, hace que la copa del árbol tiemble, sacudiendo la nieve que la cubre, y caen docenas de cerezas de nieve, que se agrupan en el aire, en un pequeño remolino que lentamente, sin dejar de girar sobre su eje, aterriza sobre las manos abiertas de Lutum, donde desaparece.

—Uhmmm, que buenas! ?dice él, engulléndolas de dos en dos— Quieres?

Sil, que no deja de sorprenderse de las múltiples utilidades del poder de aquel chico, que le da el anillo de Lil-Rab, recuerda una vez más que tiene que desarrollar mejor los suyos.

—No, gracias… —jadea, mientras se esfuerza para mantener el ritmo? …es muy pronto. Ya desayunaré algo después.

—Bien, como quieras! —contesta él, degustando el pequeño fruto rojo.

Poco a poco, Sil empieza a entrar en calor, hecho que agradece, pues todavía va con la ropa de verano del día antes.

—Siempre llega de repente, el invierno, aquí? Los tres primeros días que pasé en la región eran cálidos, y el clima era totalmente diferente!

—Sí, siempre pasa! —dice Lutum, comiendo cerezas— Pero nunca se sabe cuando llegará. Llega de repente. Una noche hay una gran nevada, cambia el clima, y así se queda prácticamente seis meses! Incluso me sorprende a mí, cada vez que mi casa queda cubierta de nieve.

—Y como te lo haces para no tener frío? He visto que en la cabaña no tenías abrigos, ni mantas…

—Antes si que había! Pero eran para mi padre, y se las llevó cuando se fue. Yo siempre lo he aguantado muy bien, el frío. Quizás es porque he nacido aquí, y me he acostumbrado des de pequeño!

—O sea que has nacido aquí? No me lo había ni planteado. Entonces, no has ido nunca a la escuela?

—No, pero mi padre me explicaba las cosas. Siempre me decía que el entrenamiento de la mente es tan importante como el entrenamiento del cuerpo. Él me enseñó a leer y a escribir.

—Y tu madre? Sabes algo?

Mi madre murió cuando yo tenía dos años. Fue entonces cuando mi padre vino a vivir aquí conmigo. Hasta entonces vivíamos en el pueblo. Pero yo no me acuerdo de nada, porque era muy pequeño, pero mi padre me lo explicó. Tengo fotos suyas! Era muy guapa! Mi padre dice que era la más guapa de todas las mujeres!

—Y no tienes más familia?

—Sí, un hermano mayor! Pero se fue a trabajar a la ciudad, porque no le gustaba vivir aquí. De vez en cuando viene a visitarnos!

—Ya entiendo que no le guste! Esto es un aburrimiento!! No entiendo como podíais vivir, aquí solos! Y todavía menos, como has podido vivir tú! No te aburrías?

—Oh, que va! Aquí siempre hay cosas para hacer! Además, un par de veces al año, bajo al pueblo, para ir a buscar el correo. Y a veces hay gente que, atravesando la montaña, llegan a mi casa, y entran, para preguntar si van en la buena dirección. A veces se quedan a comer, o a cenar. Y alguna vez ha llegado algún excursionista perdido, a pasar la noche.

—Pero aún así, es una vida muy sola, no?

—A mí me está bien! —dice contento, tragándose la última cereza— Cómo es, el lugar donde vives tú?

—Yo soy de Metrópoli Norte. Allá todo es muy diferente. Es como un gran pueblo, y vive mucha gente. Las calles siempre están llenas, y puedes encontrar tiendas y comercios donde comprar cosas por todas partes. También hay muchos bares y cafeterías donde los amigos quedan para tomar algo, y hablar… pero es muy difícil explicártelo si no lo has visto nunca…

—Oh, pero mi padre me lo ha contado. Él iba mucho más a menudo a estos lugares, y cuando volvía me explicaba como eran.

—Y porque no lo acompañabas nunca? No tenías curiosidad para ver todos estos lugares?

—Pues no… estaba bien que mi padre me lo explicara, y me gustaba imaginármelo, pero aquí siempre he estado muy a gusto. Supongo que sería cómo si a ti, cuánto vivías en Metrópoli Norte, te hablaran de este lugar. Seguramente te gustaría oír acerca de el, o imaginártelo, pero preferirías vivir en tu casa, no?

Por unos momentos, sin dejar de avanzar entre la nieve, mientras su cuerpo se acostumbra al ritmo de la caminata, piensa en las sencillas pero inteligentes palabras de Lutum.

—Pues sí… de hecho, creo que tienes toda la razón del mundo…. seguramente, aunque me hubieran explicado todas las cosas bonitas de este lugar, no hubiera venido nunca.

—Pero al final si que has venido! —dice él, contento.

—Ah, sí! Pero no porque nadie me haya explicado las cosas bonitas de este lugar! De hecho, sólo estoy de paso, aquí!

—Entonces que ha sido, que te ha hecho irte de casa?

—Este anillo, claro! —dice levantando la mano, y mostrándole la pequeña joya.

—El anillo ha hecho que te fueras de casa? Porqué?

—Ya te lo dije… porque tengo que encontrar un hombre… creo que él me podrá desvelar muchas incógnitas. El Dr. Ishor.

—El Dr. Ishor? Y quién es este?

—Es un historiador. Ha publicado varios artículos sobre los anillos, y estoy segura que es de las pocas personas que sabe de lo que está hablando. Tengo que encontrarlo cómo sea!

—Y hace mucho, que lo buscas?

—Meses! Pero no sé como se lo hace, que siempre se me escapa! Cuando llego a un lugar, él siempre acaba de ir! Le he perdido la pista en un montón de ocasiones, pero esta vez, parece que será la buena!

Mientras dice estas palabras, Sil recuerda como empezó su búsqueda, sólo con un número de teléfono al que no contestaba nadie, y una dirección. Fue entonces, cuando decidió ir a visitar personalmente al doctor.

La dirección que le habían dado los de la Facultad del Meridiano Central era de Ciudad Naranja, una pequeña aldea al otro lado del océano. Armándose de valor, y viajando tanto lejos por primera vez a la vida, decidió marcharse de casa.

Su padre, al ver que su hija mostraba interés en algo que no fuera ella, por primera vez en la vida, estuvo encantado que le pidiera el dinero para el billete. En un principio había querido acompañarla, pero el orgullo de ella se lo había impedido. Era su anillo, su vida, y su investigación.

Así fue como Sil inició su gran viaje. Y no podía haber empezado peor. Ya de buen inicio, apenas al llegar al aeropuerto le robaron el equipaje, y con este, toda la documentación que llevaba encima sobre los anillos. Pero si por esto fuera poco, a la dirección que le habían facilitado los de la Facultad, vivía un matrimonio joven que se había mudado hacía poco. Así pues, se encontró sola, sin equipaje ni pistas que seguir.

Pero lejos de desanimarla, estos hechos la enfurecieron tanto, que se hizo el firme propósito de no volver sin haber hablado con Ishor. Después de todo, en casa no la esperaba nada más que el aburrimiento del día a día. Así pues, se dirigió a la Facultad, para intentar encontrar algún rastro que la condujera hasta el doctor. Allá se limitaron a darle la misma dirección y número de teléfono que ya tenía, y cuando los explicó que ni al número contestaba nadie, y que la dirección era antigua, tan sólo le pudieron decir que no tenían nada más a la base de datos.

Pero ella insistió, preguntando a todos los profesores del claustro. Alguno lo debería de conocer personalmente, después de todos los años en los que había sido dando clase. Y así fue.

Un joven profesor de lenguas muertas que todavía se carteaba con él, le dijo que hacía unos meses se había mudado a una pequeña aldea, al este de las Montañas Oratam, al norte de la Península Beri. Así pues, Sil compró dos billetes de retorno a su punto de origen, y después de robar un vehículo de la flota de la empresa de su padre, se dirigió hacia el pequeño pueblo.

Fue en esta etapa en la que tubo que aprender a leer mapas, pues en aquellas regiones el sistema de navegación por satélite de su coche no funcionaba prácticamente en ningún punto, por falta de cobertura. También entonces tuvo que comprarse los enseres de montaña y la tienda, pues que a medida que se adentraba en los valles, y se alejaba de las grandes poblaciones, era más y más difícil encontrar lugares donde pasar la noche.

Una semana después, llegaba a su destino.

Y cual fue su amarga sorpresa, cuando al llegar, descubrió una vez más llegaba tarde, ya que el inquieto doctor se había partido tan sólo veinticuatro horas antes al otro lado de las montañas, para asistir a un simposio sobre Historia Antigua. Decidió partir una semana antes de tiempo, para aprovechar el buen clima de las Islas Sedem, y evitar el invierno, que estaba a punto de caer. Furiosa como un demonio, compró mapas de la zona, decidida a cruzar las montañas, sin ni siquiera conocerlas. Fue entonces, cuando inició su última etapa, cruzando las Oratam. Llevaba ya tres días de viaje, cuando una gran nevada la sorprendió.

Y el resto, es historia.

—Ha, ha, ha! Pero cómo se te ocurrió atravesar las Oratam en esta época del año? —dice en Lutum— Si todo el mundo sabe que el invierno llega de repente?

Los dos están adelantando a buen ritmo por una estrecha senda que bordea una zona boscosa. Han ido bajando desde el inicio del viaje, y poco a poco la nieve ha ido desapareciendo, a pesar de que todavía se encuentra en gran parte del paisaje.

—Pero si ya te lo dije! —replica ella, enfadada— Allá donde vivo, el invierno no llega de sopetón! Yo no sabía, que me sorprendería al medio del camino! No ves que ni siquiera llevo ropa para la ocasión?

—Tienes una extraña fijación con la ropa, tú, eh? Quieres ropa por el día, ropa por la noche, ropa de verano, ropa de invierno, ropa de moda, ropa para lavar, ropa para tener mientras lavas la otra ropa… todo el mundo es así a la ciudad? Donde la guardáis, tanta ropa?

A la Sil se le escapa la risa, en parte por el cansancio, y en parte por los curiosos argumentos de Lutum.

—Sí, quizás sí que tienes razón… —confiesa— … si tengo que decirte la verdad, muchas veces la acabamos regalando o tirando. Sabes una cosa? A veces, he llegado a tirar vestidos que sólo me había puesto una vez.

—Eh, es el primer golpe que te veo reír! Ya pensaba que en la ciudad donde vives nadie reía!

—Ah sí? —dice ella, riendo una vez más— Bueno, quizás es que estas últimas semanas todo me ha salido mal. Pero ahora todo pinta mucho mejor! Estoy segura que a partir de ahora…

Pero sus palabras se ven cortadas cuando, al pisar pisando una piedra lisa, húmeda por la nieve, la hace deslizar, perdiendo el equilibrio, y cae aparatosamente, ella y mochila, montaña abajo. Sin saber que ha pasado, Sil sólo siente varios por todas partes del cuerpo, y como la mochila la aplasta contra el suelo repetidas veces, mientras el paisaje cambia rápidamente del suelo al cielo, a cada vuelta que da por el desnivel.

Ni siquiera tiene tiempo para pensar donde agarrarse para detenerse, cuando de repente, su caída para en seco, no por haber chocado contra ninguna roca o árbol, sino contra algo mucho más suave. Tan suave de hecho, que ni siquiera parece ser sólido. A continuación, y sin dejar de sorprender-se, empieza a levitar lentamente, y lentamente flota montaña arriba, cabeza abajo. Cuando llega al punto donde ha resbalado, encuentra a Lutum con la mano extendida, apuntándola y creando la corriente de aire que no solo ha parado la caída, sino que también la subido hasta arriba.

—Ei, has resbalado! Te has hecho daño?

—Uhm… no. Estoy bien, estoy bien… —dice ella avergonzada, con los cabellos de punta— Esto… ehem… me podrías llevar un rato la mochila?