—Sigo sin entender lo que quieres hacer! Ya te he dicho que el coche no se moverá! Está estropeado! —dice Sil, desde el interior del vehículo.

Él mientras tanto, lo ha girado sobre su eje, apuntándolo en dirección a la cumbre, y en este momento se encuentra justo ante la gran puerta del portaequipajes, adornada con una rueda de recambio.

—Tú agárrate fuerte, y espera! —dice él.

Y una vez más, cierra los ojos y se concentra. En esta ocasión, tiene que trasladar un gran objeto, pero tan sólo durante un breve recorrido. Además, tiene ruedas, por lo que no habrá tanto de coeficiente de fricción como el que hay cuando mueve las rocas con las que suele entrenarse. Debe conseguir un equilibrio entre no quedarse corto, y tampoco destruir el coche. Sin abrir los ojos, coloca las manos abiertas en la puerta posterior y se coloca en posición para coger impulso.

—Oh, esto es ridículo, Lutum! Cómo quieres empujar el coche? No ves que aquí delante hay una pendiente que no…

Pero sus palabras quedan cortadas al igual que su respiración, cuando el vehículo, hasta entonces quieto en un margen del camino, sale propulsado a tal velocidad, que la clava violentamente al asiento, y todo el paisaje se transforma en una lluvia de manchas blancas que pasan a gran velocidad por las ventanas del vehículo.

Más por instinto que por utilidad práctica, agarra el volante con fuerza, tanta, que incluso le hacen daño los dedos. Todo pasa tanto rápido, que no llega a distinguir los obstáculos que está sorteando.

A todo ello, hace falta añadir el temblor que sacude el vehículo debido a la inestabilidad del terreno. Piedras, raíces y baches hacen que el vehículo rebote como un animal salvaje, a medida que avanza montaña arriba, bosque a través.

Y detrás va Lutum, empujando el vehículo sin tocarlo, pues una ráfaga de aire mantiene el coche a un palmo de sus manos. Sus pies y piernas, borrosos por la velocidad a la que los mueve, le queman por el esfuerzo, y poco a poco empieza a notar el peso del coche en los hombros. Pero ya queda poco.

Sil, que poco a poco empieza a ser consciente de la situación, suelta el volante y se gira en su asiento. Detrás, todo el equipaje, incluido lo que acababa de colocar en cajas, salta y brinca alegremente por todo l habitáculo, dando un nuevo sentido a la palabra caos. Y más allá, a través del cristal posterior, ve como Lutum empuja el coche.

Poco a poco, la sensación de estupefacción que ha tenido en un inicio, se ve sustituida por una de rabia y contrariedad. Está claro que aquel chico se ha entrenado en las montañas, y que gracias a esto es muy fuerte, pero una cosa es ser resistente y rápido, y la otra es sobrevivir un choque mortal, y empujar un coche montaña arriba como si fuera de cartulina. Tiene que haber algo más. Pero antes de que su cabeza empiece a atar cabos… lo ve. En su mano derecha. En su dedo índice.

Un anillo de Lokituk.

Pero su sorpresa se ve duplicada cuando de repente, las borrosas manchas blancas que conforman el paisaje desaparecen para dar paso a una gran llanura, a la cual el vehículo accede volando, por la inercia que llevaba de la subida. Durante unos segundos que pasan a cámara lenta, vuela hasta llegar al punto máximo de la parábola que dibuja su rumbo, para precipitarse contra el suelo acto seguido.

A pesar de que el aterrizaje es aparatoso y torpe, el golpe queda amortizado por la nieve virgen, y el todo terreno no sufre muchos más desperfectos que los que ha ido acumulando durante la ascensión. Al centro de la explanada hay una pequeña cabaña de madera sin puerta, y más allá un nuevo desnivel. Al norte, un bosque, con un extraño camino sin nieve, que se adentra a su interior.

Lutum cae de rodillas, mientras ve como el vehículo aterriza a pocos metros delante suyo. Brazos y piernas le queman y nota el palpitar de la sangre circulando de forma contundente, pero está contento por haber conseguido subir el coche, y no puede evitar volver a reír de satisfacción.

—Tú! Tú! Tú tienes un anillo de Lokituk! —grita Sil enfadada, saltando por la ventana? Se puede saber de dónde demonios lo has sacado? Eh? Y porque no me lo habías dicho?

Al principio Lutum no sabe de que habla. Está agotado y reventado por todo el esfuerzo que ha hecho aquella mañana, y todavía ni siquiera ha almorzado. Pero a medida que aquella chica se acerca a él, señalándole la mano donde lleva el anillo, empieza a entender el que le dice.

—Loki… qué? —pregunta extrañado, mientras se mira el anillo.

—Lokituk! Un anillo de Lokituk! —lo riñe mientras se acerca? No me digas que tampoco sabes lo que es! No cuela! Bien que sabes usar su poder!

Cuando llega donde está, se arrodilla ante el, y le agarra la mano para ver el anillo de más de cerca.

—Aha! Tal y como me imaginaba! Es el Lil-rab! El anillo del aire! —dice enfadada.

Durante unos segundos queda en silencio pensando en lo que acaba de decir. La expresión de la cara le cambia totalmente de rabia a felicidad en un instante.

—Aha! Tal y como me imaginaba! Es el Lil-rab! El anillo del aire! —repite, ahora contenta y sonriente— Ha, ha, ha! Es el anillo del aire! Sí! Sí! Sííí!! —triplica, lanzándose a los brazos de Lutum, abrazándolo felizmente, para levantarse a continuación, y saltar de alegría por la explanada, olvidando que hasta el momento estaba congelándose de frío.

Lutum, sin saber qué hacer ni que decir ante el amplio abanico de emociones de aquella chica, se la queda mirando extrañado. Primero parece que se enfada porque tiene aquel anillo, y acto seguido, lo abraza y se pone a saltar de alegría, contenta como unas castañuelas. No hay quien la entienda.

De repente, deja de saltar, queda pensativa cómo si acabara de recordar algo y se apresura a volver a su lado, para asaltarlo con una batería de preguntas.

—Escucha, y cuando hace que lo tienes, este anillo? Hace mucho? Hace poco? Recuerdas cuando te lo pusiste? Y donde lo encontraste? Te fijaste si se adaptaba a tu dedo? Ha sido siempre del mismo color? Y con el mismo dibujo? Cuéntamelo todo! Todo lo que sepas! Con pelos y señales!

—Pues la verdad es que no sé nada. —confiesa Lutum.

—Qué quiere decir que no sabes nada? —grita ella, desesperada— Cómo no tienes que saber nada? Este anillo es el que te da el poder para hacer todo lo que haces! Con este anillo puedes controlar uno de los cuatro elementos! Cómo puede ser que no sepas nada?

—Bueno, es que siempre lo he llevado. No recuerdo cuando me lo puse, básicamente porque lo he tenido siempre, desde pequeño! De hecho, alguna vez he intentado quitármelo, pero…

—Oh, olvídalo… —dice ella, resignada— …no podrás. Es imposible. Los anillos de Lokituk no se pueden quitar nunca, una vez te lo has puesto. Nunca.

—Sí! —dice él, sorprendido— Es cierto! Cómo lo sabes?

A modo de respuesta, Sil hace un profundo suspiro, y levanta la mano izquierda, mostrándole el dedo anular. Es un anillo de verde intenso, con un extraño entramado de nudos que le recuerda mucho al suyo, y una imagen central, con dos estrellas de cinco puntas, una junto a la otra.

Curioso, se levanta y se dirige hacia ella sin dejar de mirarlo. A pesar de ser diferente del suyo, es evidente que guarda el mismo estilo. Le agarra la mano y lo mira fijamente. Por primera vez des de que lo conoce, Sil ve una expresión de preocupación en el rostro de Lutum. Incluso parece concentrado… hasta que su estómago vuelve a rugir.

—Uoooo! Qué hambre que tengo! Ya no me acordaba! —dice de repente, soltándole la mano, y saltando rápidamente hacia la cabaña— Venga, venga, que desayunaremos!

Sil, sola de pié en medio de la nieve, enseñando el anillo a nadie, no sabe exactamente qué cara poner. Le acaba de desvelar la historia que le ha cambiado su vida, y ni siquiera se ha inmutado. Después de unos segundos sin reaccionar, se da por vencida, y emplean el camino hacia aquel pequeño refugio.

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Mientas, Lutum ya ha accedido al interior, que está constituido por una sola sala. Al fondo, un fuego en tierra aún con brasa candente, que humea ligeramente, y un montón de leña apilada. A mano derecha, a banda y banda una gran ventana, un par de camas, de las cuales tan sólo una está hecha, y un perchero de pie, del que cuelga una camisa larga de color negro, con botones cilíndricos de madera y cuello mao. Delante, al centro de la sala, una gran mesa redonda de madera maciza, con dos sillas, y más allá, a la izquierda, una cocina consistente en dos fogones de leña y una pica. Justo al lado, un gran armario que ocupa el resto de la pared.

Es precisamente a este donde Lutum se dirige, y lo abre con ansia. Está lleno de comida; quesos, embutidos, verduras, fruta, fruta en conserva y varios recipientes de vidrio con legumbres y frutos secos. Se apresura a recoger un poco de todo, y haciendo equilibrios, agarra también una garrafa de agua, un par de platos y cubiertos, y se lo lleva hasta la mesa, donde lo deja caer, justo cuando entra Sil.

—No tienes puerta? —pregunta extrañada, bajo el marco de la entrada.

—Eh? Ah, sí, sí… está fuera —dice con la boca llena, que ya se sentado y a empezado a comer con una hambre de mil demonios— Se me ha roto! Después ya la arreglaré! Quieres comer? Tengo mucha comida! La he ido guardando durante todo el año porque ahora en invierno es más difícil encontrar!

Sil se acerca a la mesa, y ve el consistente desayuno de Lutum.

—No gracias… pero escucha, de dónde has sacado, todo esto? No dices que vives solo? Dónde has comprado todas las conservas, los embutidos y el queso?

—Me lo hago yo! Contesta royendo un trozo de embutido seco? Mi padre me enseñó!

—Ya veo… —dice ella, todo acercándose al fuego en tierra— …muy apañado, eres tú.

Mientras él sigue engullendo rápidamente comida equivalente a la de medio regimiento de soldados, Sil se agacha ante las brasas, y extiende los brazos, con las manos abiertas. Poco a poco, el calor de la leña candente empieza a calentarla. Coge uno de los troncos que hay preparados, y lo hecha encima, haciendo saltar algunas chispas.

—Donde tienes el fuelle? El fuego se está apagando…?pregunta, mirando a su alrededor.

Lutum, que ha empezado a atacar el bote de las frutas conserva, que se traga prácticamente enteras, gira para mirar la chimenea, y sin tan sólo levantarse de la silla, extiende el brazo y obre la mano, provocando una pequeña y concentrada ráfaga de aire que salta hasta las brasas. Estas, tal y cómo si se hubieran recargado de energía, se iluminan, pasando del color negro a un naranja intenso, y una grande llamarada se enciende alrededor del nuevo tronco, que empieza a quemar rápidamente.

El fuego se ha recuperad tan rápido, que Sil, que estaba agachada justo delante, se retira intuitivamente, cayendo de culo.

—Ui, perdona! —se disculpa él, antes de llevarse un trozo de queso a la boca, tan gordo que casi se le queda trabado al cuello al tragárselo entero.

Ella no contesta. Tan sólo se mira el fuego, como crema feroz, consumiendo la madera rápidamente.

—Lutum… —dice ella, pensativa, hipnotizada por las llamas— …eres consciente del gran poder que tienes? Y que es el anillo, el que te lo da?

—Eh? Ah, sí… pues claro! —contesta él, sin darle importancia— Mi padre siempre me lo decía, esto! De hecho, él también tenía un anillo, sabes?

Los ojos de Sil se abren como naranjas, y se levanta de un salto.

—Y se puede saber porque no me lo habías dicho, pedazo de alcornoque?! —grita Sil, indignada— No ves que para mí es muy importante, esto de los anillos? Aaargh! Qué crío más corto! Y qué poder era?

—No sé.

—No sabes? Cómo que no sabes? Esto se sabe! Es un poder! Es muy gordo! Lo tienes que saber! No estamos hablando de una tonteria! Algo haría tu padre, no? Algo extraño! Cómo todo lo que haces tú!

—No, mi padre no lo usa nunca. Dice que no le gusta.

—¡Ohhh…! —gime decepcionada, dejándose caer a la otra silla? …fantástico… conozco dos Portadores en un solo día, y uno no sabe nada, y el otro no lo usa… soy una desgraciada!

—Pero porque te interesa tanto, todo esto? —pregunta, inocente.

—Pero todavía no ten das cuenta? A ver si lo entiendes… los anillos te dan poderes espectaculares! Extraordinarios! Puedes controlar los elementos, la natura… alterar la física tal y como la conocemos!

—¿Ah sí? —dice él, dejando de comer por un momento, para mirarse el anillo? Y que hace, el tuyo?

—El mío? Pues… pues… Pues a ti no te importa! —contesta con cierta vergüenza.

Lutum levanta los hombros y con cara de indiferencia, vuelve a atacar el desayuno que tiene delante suyo. Ella por su lado, vuelve a dirigirse al fuego en tierra. Por su cabeza pasa mucha información, y tiene que tomar muchas decisiones.

Por un lado, está contenta porque por primera vez desde que inició su búsqueda, ha encontrado un Portador, aunque haya sido por casualidad. Y además, sabe de la existencia de otro, su padre, que todo parece indicar que también as uno de ellos. Este es el paso más importante que ha hecho des de aquel día, en el sótano de su casa, en el que se puso el anillo. Pero de otro lado, ahora se encuentra aislada en una montaña nevada, a dos días de camino del pueblo más próximo, y con el coche totalmente destrozado. Pasarán días hasta que pueda volver a iniciar su viaje, y aún así, no tiene muy claro si podrá encontrar en la persona que busca, y en todo caso, si finalmente esta le podrá o querrá dar la información que necesita.

Además, está la cuestión de aquel extraño chico. Vive solo en un refugio en medio de la nada, y aparte del poder de uno de los cuatro elementos, parece tener una fuerza y resistencia insólitas, además de una gran ignorancia e inocencia. Cualquier otro, habría aprovechado su poder de alguna forma. Pero él, lejos de esto, se limitaba a vivir esperando a su padre, que se había marchado hacía tantos años.

Hasta qué punto era más importante seguir su viaje, o intentar indagar más en la historia de aquel chico? Quizás valía más la pena quedarse a investigar, aunque perdiera unos días? Pero y si por este retraso perdía la pista a su objetivo inicial, el hombre de las Islas Sedem? Era la única pista que tenía! Tenía que encontrarlo! Pero a cambio, arriesgarse a no poder volver a contactar con el Portador que acababa de conocer? Pero aún había una última posibilidad, que le rondaba por la cabeza desde hacía rato.

Deseando no estar a punto de tomar una decisión incorrecta, y armándose de valor, se dirige una vez más a la mesa, y se sienta en la silla.

—Escucha Lutum… verás… tal como ya te he dicho, hace tiempo que marché de casa. Yo vivía con mis padres, pero desde que encontré este anillo —dice, mientras le da vueltas— Que mi vida ha cambiado totalmente.

Lutum deja de comer, y la escucha atentamente, con un queso en una mano, y un melocotón en la otra.

—Hace meses que viajo por el mundo, buscando información sobre estos anillos, y sobre las personas que los llevan. Para mí es muy importante… y a pesar de que hasta ahora me he podido espabilar por mi cuenta, ahora viendo tus poderes, creo que la aventura que me espera puede ser muy peligrosa. Dudo que todos los portadores sean buena gente, como tú, y creo que correría peligro si continúo toda sola… lo que te quería pedir es… bueno… que si querrías… acompañarme… en la búsqueda.