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- Saga Oeste
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- Saga Final
Saga Kadingir
ÍNDICE
- Capítol 17 - Los Hallazgos de Sil
- Capítulo 16 - Fuera
- Capítulo 15 - Encarcelados
- Capítulo 14 - Ciudad Baja
- Capítulo 13 - El transportador
- Capítulo 12 - Buenos días!
- Capítulo 11 - Se apunta
- Capítulo 10 - Samurai Katori
- Capítulo 9 - Llegada al pueblo
- Capítulo 8 - Tab-Rab
- Capítulo 7 - El poder de Sil
- Capítulo 6 - La partida
- Capítulo 5 - Los anillos de Lokituk
- Capítulo 4 - Vale!
- Capítulo 3 - Nuevas amistades
Después del accidente, el tiempo parece detenerse y todo queda en silencio. Tan sólo se oye un ligero zumbido proveniente del motor del vehículo, que descansa en uno de los márgenes del camino. El chico, por otro lado, sigue estirado al suelo, boca arriba, al pie del árbol contra el que ha chocado. Nadie se mueve. Todo está en calma.
—Pero se puede saber qué demonios ha pasado? —grita Sil desde su asiento, apartando la bolsa de aire que se ha hinchado ante ella. El cristal ha quedado cubierto por la nieve que ha caído de los árboles sacudidos por el golpe.
Su memoria, tan afectada como el coche, sólo recuerda una serie de imágenes de los últimos instantes. La borrosa imagen de chico cruzando el camino, los árboles dando vueltas, el volante del coche, el fuerte olor a quemado…
Intenta abrir la puerta pero queda encallada. El choque la ha inutilizado. La ventana, eléctrica, tampoco responde.
—Me cago en todo! Mierda de trastos eléctricos! —sigue quejándose mientras se levanta de su asiento y se dirige a cuatro patas al del copiloto, para salir por la otro puerta.
La mano de Lutum se mueve; primero es un pequeño espasmo; después dos, más seguidos; finalmente, se cierra en puño. Poco a poco, vuelve en sí, y empieza a abrir los ojos. Lo primero que ve son las copas nevadas de los árboles, y el claro cielo azul. Un fuerte olor a goma quemada que no sabe identificar le llama la atención.
Las imágenes de los últimos instantes le vienen a la memoria. Árboles, animales, nieve… y de repente, aquel estanque objeto contra el que había chocado. Empieza a reincorporarse y mira a su alrededor. Todavía está ahí. Medio cubierto de nieve, hace un ruido extraño, y un hilo de humo sale de su interior. Parece que es de allí de donde proviene esa extranya peste.
Finalmente, Lutum se levanta. Se frota las costillas que han impactado contra el árbol, y el hombro que lo ha hecho contra el vehículo. Ese golpe le ha dolido bastante.
De repente, oye un ruido que proviene de la máquina negra, una puerta lateral cede, sin acabar de abrirse, y una extraña voz sale de su interior. Ésta es, de hecho, la primera voz que oye en los últimos años.
—Me cago en todo! Mierda de trastos eléctricos!
Intrigado, pero desconfiado, Lutum se acerca al vehículo, sin quitarle los ojos del encima. Parece que algo se nuevo en su interior. Y entonces, la puerta que tiene justo delante suyo, se abre.
Lo primero que ve la Sil al abrir la puerta, es un chico que la mira en parte extrañado, y en parte sorprendido. De alguna forma, ella también lo está mirando extrañada y sorprendida. Y no tan sólo porque está tranquilamente de pie encima la nieve, vestido sólo con unos pantalones, sino también porque hace unos instantes, acababa de embestir su todo terreno, reventándole el motor y haciéndole perder el control del vehículo.
Sil queda perpleja mirando a Lutum durante unos segundos. Sin acabar de creérselo, y sin palabras que decir, mira en dirección al árbol que ha quedado parcialmente desenterrado por el fuerte impacto del chico. No hay duda. El chico había chocado contra el coche, el suelo y el árbol, pero ahora se está ahí, anteella, tan tranquilo.
—Buenos días! Soy Lutum! Mucho gusto! —dice finalmente, levantando una mano en señal de saludo.
Pero Sil no responde.
—Él se está quieto, extrañado por la cara de sorpresa de aquella curiosa persona a cuatro patas que tiene al delante, dentro de una caja metálica.
Sil vuelve a mirarse a Lutum. A continuación mira al árbol. Una vez más a Lutum. Una vez más al árbol. Finalmente, levanta una mano, y siguiendo el mismo esquema, señala el árbol, y a Lutum varias veces.
Él, curioso por esta rara forma de comunicación, también mira el árbol y lo señala por mimetismo, intentando comprender el mensaje.
—Es un árbol… —dice finalmente, intentando instruir a la extranjera— …sale del tierra y crece, arriba, arriba, sabes, chico? —ilustra levantando los brazos, gesticulando cómo buenamente puede.
De repente, la expresión de incomprensión desaparece del rostro de la Sil, para dar paso a la indignación.
—Ya lo sé que es un árbol, pedazo de animal! —dice finalmente— Que te piensas, que los de ciudad no sabemos qué es un árbol? He vistos millares de árboles! Si lo señalo es porque se supone que tú te has estampado contra él, no? Y no soy un chico, sino una chica! Y tengo nombre, eh!? Me llamo Sil!
A pesar de que Lutum no ha entendido la mitad de palabras que han salido de la boca de la desconocida, se pone contento al ver que sabe hablar, y que entiende sus palabras.
—Ah, muy bien! Cómo no hablabas! —exclama contento— Sí, sí que he chocado! Pero después de chocar contra esto —dice señalando el vehículo— he rebotado contra el suelo, y después el árbol me ha parado!
—Parado? Pero si te tendrías que haber roto las costillas! Si incluso le has arrancado las raíces!—dice ella, saliendo ya del vehículo.
—Eh? Romperme las costillas? —dice, frotándoselas— No, no! Sólo ha sido un golpe, pero nada más.
Sil, sin acabar de digerir toda aquella desconcertada situación, intenta recapitular. Cómo puede estar tanto tranquilo aquel chico? De hecho, como puede haber sobrevivido el impacto?
—Pero a ver, de dónde has salido, tú? Que ha pasado?
—Yo? Bien, pues iba hacia casa subiendo la montaña —dice señalando el bosque— y cuando he salido al camino, he chocado contra esto —repite señalando el coche— he rebotado contra el suelo, he chocado al árbol…
—Sí, sí, esto ya me lo has dicho, pero… —calla de repente— Un momento! Casa? Has dicho que ibas a casa?
—Sí, a casa! —dice señalando la cumbre de la montaña— Iba a desayunar porqué…
Pero un nuevo rugido de su estómago vacío acaba la frase por él.
Sil no sabe como tomarse toda esta situación, pero hay una cosa clara. Con el vehículo tal como está no puede continuar el viaje. Tendrá que llegar a algún lugar donde encontrar un mecánico, u otro vehículo. Y tendrá que ser lo más pronto posible, puesto que no puede arriesgarse a otra nevada como la de esta noche, sin contar con la calefacción del coche.
—Vale, vale, de acuerdo… muy bien… y ha algún mecánico, en tu pueblo?
—Pueblo? —responde preguntando Lutum.
—Sí, pueblo. Un pueblo. Una aldea.
—No, no… —aclara él— El pueblo es donde vive la gente. Yo vivo solo. El pueblo está abajo, a un par de días de camino. —dice señalando los valles.
Sil deja los ojos en blanco y se tapa la cara con una mano. La suerte no le sonríe, hoy.
—Solo? Vives solo? Pero qué tipo de chico eres, tú? Mira que eres extraño, eh? Primero sales de la nada, y te estampas contra mi coche, dejándolo destrozado, después resulta que no te haces ni un rasguño, y me dices que sólo es un golpe, y ahora resulta que vives solo en una montaña desierta?
—Sí! —responde contento, al ver que lo ha entendido todo.
—Argh! Este mundo está loco! Y encima lo dices tanto contento! Pero se puede saber qué os pasa, aquí? Sois cortos o qué? Mierda de montaña, y de zumbados que viven en ella! Y encima hace un frío que te cagas! Es la última vez que me veis aquí, pandilla de coloquintos!
Lutum se queda quieto, mirando como la Sil maldice con extrañas palabras todo lo que hace referencia a la región, los habitantes, y sus antepasados. Poco a poco, se va tranquilizando, y finalmente, no por falta de vocabulario, sino por cansancio, calla.
—Bien… —se resigna finalmente, empezando a temblar de frío— …al menos tendrás teléfono, no?
—No! —respón contento Lutum, al entender completamente la pregunta.
La serie de insultos que siguen la feliz respuesta del chico son tantos, y tan estrambóticos, que le es imposible reconocer o memorizar ninguno. De hecho, ni siquiera acaba de comprender su significado, pero por la forma en la que lo dice, supone que no es muy positivo. Por un momento le recuerda a los ataques de rabia que había cogido a su padre en algunas ocasiones.
—Vale, de acuerdo… tranquila, Sil… tú puedes controlar la situación… —dice ella, cerrando los ojos, y poniéndose las manos a las sienes— A ver… lo primero que hace falta hacer, es recoger todas las cosas del coche. No las puedo dejar aquí abandonadas. Es muy lejos tu casa?
—No, no mucho. Poco antes de llegar a aquella cumbre! —dice señalando el pico de la montaña, a unas tres horas a pie.
Sil suspira profundamente, y cargándose de paciencia, decide no perder más tiempo.
—Muy bien, pues vamos! —dice dando la vuelta al coche, y abriendo el maletero.
Evidentemente, si hasta ahora el interior de éste, era caótico de por sí, la colisión, las dos violentas vueltas sobre el camino, y el choque contra los árboles, no han ayudado precisamente a ordenar todo el contenido, sino que más bien lo han acabado de desperdigar por todos lados. Parte del equipaje ha saltado a los asiento de delante, o bajo estos, los apuntes y mapas se han dispersado por todo el habitáculo, y las cajas han volcado todo su contenido, ahora graciosamente repartido por los lugares más inverosímiles.
—Oh, muy bien, lo que faltaba! ?se queja una vez mas.
—Y exactamente, qué es, esto? —pregunta Lutum, que detrás de ella se mira curioso el interior del vehículo.
—Esto? Quieres decir el coche? No sabes el que es un coche?
—Esto es un coche? —Se sorprende Lutum—Ah! Yo me los imaginaba diferente. Mi padre me había explicado que eran como una barca con ruedas, para desplazarse rápidamente. Pero no había visto ninguno nunca. Tú te querías desplazar rápidamente, hoy?
Las extrañas y simples preguntas del chico la sorprenden, pero pensando que vive solo en una montaña, no se desconcierta excesivamente.
—Bueno… sí. Podríamos decir que sí, que me quiero desplazar rápidamente. —dice mientras entra a cuatro patas al maletero.
—Y dónde querías ir?
Sil duda por unos instantes.
—La verdad es que no lo sé exactamente… bueno, no del todo! Sé donde quiero ir, pero no sé exactamente donde es. Estoy buscando una persona. Un hombre! —dice mientras recoge los objetos más imprescindibles y los coloca en una caja de cartón. Tiene una información que me hace falta saber, y por eso lo estoy buscando. Parece ser que vive en una de las islas Sedem, al otro lado del continente.
—Ah, sí, las islas Sedem! —reacciona rápidamente— Mi padre me hablaba mucho de ellas. Siempre me contaba que allí se? podía encontrar de todo! Que vivía mucha gente, muy juntos, en casas amontonadas unas sobre las otras! Y que los pueblos eran inmensos! Y que había grandes mercados, donde podías comprar pescado y fruta de cualquier parte de la región!
—Tu padre parece que sabe bastantes más cosas que tú, verdad? —pregunta ella, mientras dobla extraordinariamente mal un mapa, que guarda en la caja— Donde vive, él?
—Mi padre vive conmigo, en casa!
—Pero no decías que vivías solo?
—Sí, porque ahora está fuera —responde— Tuvo que marcharse hace un tiempo, y ahora hace unos años que vivo solo.
—Unos años? Cuando hace que marchó?
—Seis o siete.
—Seis o siete años? —repite alucinada— Pero si entonces deberías de tener unos diez años! Y aún esperas que regrese?
—Claro que volverá! Me dijo que seguramente estaría fuera unos diez años.
—Ah, pues ningún problema! ?—dice sarcástica— Si te dijo que estaría fuera diez años, no hace falta sufrir para nada!
—Claro! —responde él, contento y sonriente.
Mientras la Sil toma nota mentalmente que el sarcasmo y la ironía no entran dentro de los parámetros de aquel chico, acaba de colocar las últimas cosas en el interior de las cajas.
—Muy bien, esto ya está —dice temblando de frío— Ahora sólo falta desmontar la emisora de radio y el equipo de navegación del coche. Quizás desde la cumbre podré encontrar señal, o contactar con alguien para que avisen a mi padre. Sino, tendré que intentar ir hasta el pueblo yo sola.
—Tú sola hasta el pueblo? Me parece a mi que no podrías llegar… Eres muy débil y canija. El invierno apenas acaba de empezar y ya tiemblas como una hoja! —dice señalándola.
Sil se sorpren de las palabras de Lutum.
—Débil y canija? Pero tú sabes con quien estás hablando? Soy mucho más fuerte de lo que te piensas, yo! Y no soy canija! Estoy en mi peso ideal! Y sino, pregúntale a mi dietista! Lo que pasa es que esta nevada ha llegado de repente! Es este clima, que es loco!
—Qué quieres decir de repente? —pregunta él, curioso? Claro! Cómo siempre! Acaso no es así, en tu pueblo?
—Nooo! Allí el invierno llega poco a poco! —dice mientras pasa al asiento de delante— Cada día hace un poco más de frío, y así todo el mundo tiene tiempo para prepararse y comprar la ropa de la temporada de invierno!
—La ropa de la temporada? Qué quieres decir?
—Ya sabes, la que está de moda! La que lleva todo el mundo! Se tiene que renovar el vestuario! No pretenderás que lleve la misma ropa del año pasado?
Mientras Sil intenta desmontar la radio, Lutum intenta comprender sus palabras.
—Yo tengo un kimono… pero es muy resistente… no hace falta cambiarlo cada año! —dice contento.
—Oh, da igual! Olvídalo! No nos entenderíamos nunca. Somos demasiado diferentes, tú y yo! Tú vivas al medio de la montaña, solo como un ermitaño, y aislado del mundo! Es imposible que entiendas las cosas de las que te hablo. Yo soy una chica sofisticada y fina… mierda! —dice golpeando la radio, que no cede— Yo vivo en un entorno de gente intelectual, y tengo clase… cojones de radio! Quién la parió! —se queja mientras la patea repetidamente, hecho con el que sólo consigue hacerle saltar la rueda del volumen— Tú en cambio, eres un crío salvaje, que va medio desnudo en pleno invierno, con todo nevado!
Mientras habla, pone los pies sobre el volante, y agarrando la radio, la estira con todas sus fuerzas. Pero sus manos heladas, ceden y sale disparada, dándose un golpe con la cabeza al techo.
—Aaaaaargh!! Qué mierda de trasto! —se queja mientras en la posición que ha caído sigue pateando la radio, vengándose furiosa.
—Pero exactamente, qué estás haciendo? —le pregunta él, que no ha dejado de observar las extrañas cosas que ha ido haciendo.
—Por Dios! Mira que eres corto, eh? Que no lo ves? Estoy cogiendo todas las cosas necesarias! No las puedo dejar aquí! Y la radio es una de ellas! Tengo que intentar comunicarme!
—Pero esto es un coche, no? No sirve para desplazarse rápido? Porque no lo usas, el lugar de llevártelo todo?
—Servía! …para desplazarse. —se queja ella— Servía! Pero ya no, desde que le has pegado ese golpe! No ves que tiene el motor aplastado? Ya no se puede mover! Ya me gustaría subir hasta arriba con el coche, pero no va! Y como puedes comprender, no lo subiré a rastras!
—Bueno, si quieres …té lo subo yo.