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- Saga Oeste
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- Saga Norte
- Saga Final
Saga Kadingir
ÍNDICE
- Capítol 17 - Los Hallazgos de Sil
- Capítulo 16 - Fuera
- Capítulo 15 - Encarcelados
- Capítulo 14 - Ciudad Baja
- Capítulo 13 - El transportador
- Capítulo 12 - Buenos días!
- Capítulo 11 - Se apunta
- Capítulo 10 - Samurai Katori
- Capítulo 9 - Llegada al pueblo
- Capítulo 8 - Tab-Rab
- Capítulo 7 - El poder de Sil
- Capítulo 6 - La partida
- Capítulo 5 - Los anillos de Lokituk
- Capítulo 4 - Vale!
- Capítulo 3 - Nuevas amistades
Ciudad Baja recibe este nombre porque es la que está situada a menos altitud respecto al nivel del mar, en toda la región de las Oratam. Se encuentra en el litoral, y centra toda su actividad comercial en el negocio que aportan los barcos.
Al principio era tan sólo un punto de descanso para los largos viajes, ya que la gran cala que tiene, es un refugio de aguas tranquilas. Pero con el tiempo, los comerciantes empezaron a quedar para intercambiar mercancías, y más adelante llegaron a establecerse. Años después se fundó el pueblo, y poco a poco fue creciendo hasta transformarse en ciudad. En la actualidad es una parada obligada para todos los comerciantes que pasen por el extremo noroeste de la península Beri.
Hoy, como cualquier otro día, los barcos han empezado a llegar desde primera hora de la mañana, y después de descargar las mercancías al muelle, han instalado el mercado, en el propio paseo marítimo del puerto. Allí compran, venden e intercambian mercancías con los habitantes y otros comerciantes. Esta mañana ha estado bastante concurrido.
Pero ahora, a poco más de un cuarto de hora para que las campanas de la iglesia anuncien las dos del mediodía, la mayoría de comerciantes ya han recogido sus paradas, y poco a poco, vuelven a los barcos, con las ganancias y las nuevas mercancías que han intercambiado. A pesar de que algunos compradores aprovechan el último momento para regatear.
—Doscientos lerus —dice el vendedor
—Veinte! —propone Sara.
—Veinte?? Pero tú estás loca? Cómo quieres que te venda estos fantásticos lodrigones a veinte lerus? Ni hablar!
—Oh, venga, Noe! —se queja la joven— Sabes perfectamente que si no los vendes ahora, los tendrás que tirar! Sé perfectamente que ahora vais hacia el sur, y que estaréis más de tres días en alta mar! No los podrás vender, si no es hoy!
—Sara, tú sabes demasiadas cosas! —dice Noe, riéndose— Voy a tener que hablar yo con tu padre! Ya verás cuándo le diga que te dedicas a regatear con información privilegiada!
—Oh, pero si esta información me la ha dado él! —dice riendo.
Esta escena tiene lugar en una de las paradas que aún no ha recogido. Venden pescado de varias clases y categorías, y Sara está regateando el precio, como siempre le ha visto hacer a su padre, el capitán del Mar Cortada, uno de los barcos que hace la ruta circular de la península.
Sara, a pesar de ser una chica joven, y aparentemente delicada e inocente, tiene un talento innato. La mecánica. Desde pequeña ha vivido en el Mar Cortada, con sus padre. No conoce otra vida que no sea la de vivir a bordo de un barco. Y particularmente, en la sala de máquinas. Y es que la hija del capitán es también la mecánica del barco.
A pesar de su rara forma de vestir, se puede ver una chica muy atractiva bajo aquella fachada de mecánico. Piel morena y bronceada por la vida en el mar, cabello a la altura de la nuca, cubierto por una gorra, botas negras, y un mono tejano que incorpora un cinturón tanto lleno de herramientas, que pesa más que ella misma. Rematan la curiosa vestimenta un par de guantes amarillos de mecánico, que raramente se quita, aunque esté fuera de la sala de máquinas.
—Ciento cincuenta! —dice en Noe— Y ya estoy perdiendo dinero!
—Cincuenta! —dice Sara, con una gran sonrisa.
—Cien! —rebaja el vendedor.
—Cincuenta! —repite Sara.
—Sara, pero esto no es regatear! Tienes que subir el precio! No puedes pretender que solo ceda yo!
—Mejor cobrar ahora cincuenta que mañana tirar el pescado al agua! Va, toma! —dice sacando un billete de cincuenta lerus de uno de los grandes bolsillos de su ropa de trabajo, y alargándoselo al vendedor.
—Oh, Sara! Me estás arruinando! —dice Noe cogiendo el billete.
—Muchas gracias! Ha sido un placer hacer negocios contigo! Espero volver a encontrarte pronto! —dice contenta, agarrando como puede la gran caja llena de hielo y lodrigones, prácticamente más grande que ella.
Al otro lado del mercado, gritos y chillidos protagonizan una escena donde la gente huye en bandada, travesando el mercado a gran velocidad. A toda la multitud, se añade la gente que, sin saber de que están huyendo, prefieren curarse en salud y sumarse al alud, antes que descubrir demasiado tarde de que se trata.
Considerando que el mercado todavía se encuentra bastante lleno, en pocos segundos la oleada de personas que atraviesan el mercado corriendo a toda velocidad es bastante más que multitudinaria cuando llegan donde está Sara, que tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para esquivarlos a todos, con la gran caja de lodrigones.
Una vez ha pasado el primer peligro, que ha desconcertado totalmente a la mecánica, llega el segundo. Una extraña máquina de difícil catalogación se acerca rápidamente donde se encuentra. Con un morro metálico y puntiagudo, ruedas desproporcionadas, un motor al descubierto, y una grúa posterior dónde cuelga un joven, que no deja de reír como un descosido, llega totalmente fuera de control, el Transportador.
Lejos de asustarse y empezar a correr, Sara se mira curiosa la máquina, que pasa delante suyo, haciendo rugir ferozmente el motor, y se aleja tal y cómo ha venido, persiguiendo la multitud. Después de unos segundos en los que queda pensativa, viendo como la máquina desaparece de su vista, vuelve en sí, y reemprende su camino.
Lutum parece ser el único que se lo está pasando bien en la extraña persecución, a juzgar por la pelea que tiene lugar en el interior.
—Pero que haces, loca! A la derecha, a la derecha!
—No puedo! Que no ves que hay aquellastiendas! Déjame hacer a mi!
—Argh! Ahora, gira ahora! No, no! Hacia el otro lado!
—Deja el volante! Estoy conduciendo yo!
—Tú lo que harás es matarnos a todos, asesina! Se puede saber dónde te has sacado el carné?
—No tengo carné, yo!
—Argh!
—Argh!
Dando bandazos de punta a punta, intentando sortear todos los obstáculos que encuentra por el camino, el Transportador no puede evitar destrozar dos de cada tres paradas, que al impactar contra la plataforma del quitanieve a tal velocidad, revientan como un huevo, haciendo saltar todo el género que no se ha vendido aquella mañana.
—Oh, mierda… —dice Katori, mirando adelante.
—Qué pasa, ahora? —se queja ella, levantando la vista? Oh, mierda.
Las expresiones de los dos ocupantes del vehículo son la consecuencia de ver que al final del mercado, que llega hasta el final de la calle, hay un gran edificio centenario de piedra, acabado con un gran campanario y denominado iglesia, que quieto y tranquilo, empieza a señalar la hora, campanada tras campanada, y que no parece tener la más mínima intención de apartarse para que pasen tranquilamente.
—Gira! Gira! Que nos mataremos! Gira! —grita Katori.
—Pero hacia dónde quieres que gire, trozo de huevo? —se queja ella, evitando el máximo de tiendes posibles.
—Me da igual, pero gira!!
Haciendo volar una parada de frutas, dos de pescado, un buzón de correos, y un quiosco de flores, el extraño vehículo se dirige inevitablemente hacia la pared lateral de la iglesia, que sigue haciendo sonar las campanas.
—Gira, gira! —dice en Katori, señalando la pared.
—Gira tú, si sabes tanto! —dice ella finalmente, dándole al samurai el volante del Transportador, que de tanto forcejear se ha desmontado.
—El volante! Se ha desmontado! —grita él.
—Ya lo veo! Ya lo veo! —duplica ella.
—El volante! Se ha desmontado! —grita él.
—Tú no eres chico de muchas palabras, eh?
Las últimas campanadas que indican las dos en punto tienen lugar justo en el momento en que pocos metros antes de la colisión, el Transportador se eleva en el aire, dando vueltas sobre su eje, tal como si un remolino lo hubiera levantado del suelo.
De hecho, lo que pasa es exactamente que un remolino lo ha levantado del suelo. Concretamente, se lo ha llevado más de cincuenta metros del suelo, provocando el consecuente mareo de todos los pasajeros, menos Lutum, que no ha dejado de reír ni un instante.
Lentamente, el remolino desaparece, y tal como ha subido, el vehículo volador cae al vacío, provocando ahora pánico a los que están en su interior.
Y es un gran depósito que contiene todos los desechos de aquel día de mercado, el escenario agraciado donde acaba aquella escena, cuando el Transportador aterriza encima de la montaña de basura. Restos de pescado, fruta, verdura, huevos, y un montón de otras sustancias orgánicas pringosas y grasientas que más vale no enumerar, actúan como una gran almohada que absorbe el impacto del vehículo.
Por unos segundos, se hace el silencio en todo el mercado, y cientos de miradas atónitas que han seguido no tan sólo el trepidante recorrido del vehículo, sino también su vuelo y aterrizaje forzoso, quedan ahora fijas en el gran depósito de basura, a la espera de alguna señal de vida desde su interior.
Y este, no tarda en manifestarse.
—Vivaaa! —se oye en el interior del contenedor— Ha, ha, ha! Ha sido genial! Otra vez! Otra vez!
De repente, un chico sale disparado de la gran basura, y dando una vuelta en el aire, aterriza en medio de la calle, centrando la atención de todas las miradas.
—Sí! Ya hemos llegado! —dice rebosando satisfacción? Ya estamos en… Ciudad Baja!
Mientras tanto, en el interior del vehículo, Sil y Katori ni se mueven. Desconcertados, estupefactos, y patidifusos, se abrazan con los ojos cerrados, esperando una gran colisión que no ha llegado.
A la vez, los dos abren los ojos, y al verse agarrados el uno al otro, se sueltan a la velocidad de la luz.
—Pero se puede saber que quieres, tú? —grita ella— Pervertido!
—Yo pervertido? —se escandaliza— Pero si has sido tú, que te has cogido a mí! Conductora frustrada!
—Yo no me he cogido a nadie! Cómo quieres que me cogiera a algún sitio, si ni siquiera sabía donde tenía las manos, ni donde tenía la cabeza, cuando todo ha empezado a girar!
—Oh, la cabeza la debes de tener a casa, desde el día en que te marchaste! Sino, no hubieras conducido con el culo!
A pesar de que la agradable discusión habría tenido cuerda para un buen rato más, un grito lejano les corta el intercambio de adjetivos calificativos.
—Eeeh! Chicooos! —dice en Lutum desde la calle— Ya estamos en Ciudad Baja! Va, venga! Salid, que tenemos que ir a buscar un barco! Va, va!
Al oír la voz, los dos suspiran profundamente, y dejando la discusión, salen cada uno por su ventana.
—Puaj! Pero donde demonios estamos? —dice ella con asco? Esto está lleno de basura!
—Creo que Lutum nos ha levantado y nos ha hecho aterrizar aquí. —dice Katori.
—Pues ya podría haber buscado un lugar más agradable! —dice ella, pisando la porquería y escalando la pared de la gran basura.
—Suerte hemos tenido de no habernos matado! —dice Katori, que de un salto desde el techo del coche se coloca justo encima la pared del contenedor, y ve como todos los ciudadanos de Ciudad Baja le vuelven la mirada, entre curiosos y asustados.
Al verlo, Lutum sonríe.
—Eh! Habéis visto que bien? —grita desde la calle— Hemos llegado a Ciudad Baja!! Y antes de lo que teníamos pensado! Qué suerte!
—Suerte? —dice Sil, que asoma la cabeza, intentando salir, no con tanta agilidad como Katori.
—Eh Sil! Que te ha parecido? Es una pasada, verdad, este Transportador? Había momentos que iba incluso más rápido que yo! Ha, ha, ha! Va, venga, sal! Tenemos que encontrar un barco que nos lleva a Islas Sedem! Tiene que ser uno de muy gordo, que quepa el Transportador, eh? Nos lo tenemos que llevar, para usarlo allí! Así seguro que llegaremos pronto a todos los sitios!
Katori vuelve a hacer un salto en el aire con el que se planta justo al lado de Lutum, de forma impecable.
Sil, se resbala del container y cae de culo aparatosamente en plena acera, de forma patética.
—Katori, estaría bien que le enseñaras un poco de artes marciales a Sil, porque la agilidad no es su fuerte, eh? —dice en Lutum, mirándola con cara de pena, mientras se frota el culo, quejándose del dolor.
—Antes que dar clases de nada a este diablo dentro del cuerpo de una chica, preferiría abrirme el estómago con mi katana y dar de comer a un perro con mis tripas. —contesta seriamente en Katori.
—Gracias! —dice contento, suponiendo que esta larga respuesta es una forma samurai de decir que sí— Estoy seguro que le irán muy bien! Piensa que es una chica, y que es muy delicada y fina!
—Rayos y truenos! —reniega ella, mientras se levanta— Inventor de pacotilla! Escarabajo pelotero y soplaculos! Mira que darnos un coche sin frenos!
—Eh, Sil! Va, venga, vamos! —dice Lutum, ayudándola a reincorporar-se— Tenemos que ir a buscar el barco.
Pero en aquel momento, un grupo de soldados uniformados armados con fusiles y metralletas, irrumpe en la escena, y en una maniobra sincronizada los rodean en un círculo, apuntándolos con las armas. Todos ellos tienen una ancha banda roja en el brazo, con un círculo y una “V” blanca en su interior.
Dos de ellos se separan para dejar paso al que parece su superior, que se los mira con superioridad, sonriente. Tiene barba y cabello blanco, y una pequeña cicatriz en el labio.
—Todos quietos. Estáis detenidos.