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- Saga Oeste
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- Saga Norte
- Saga Final
Saga Kadingir
ÍNDICE
- Capítol 17 – Los Hallazgos de Sil
- Capítulo 16 – Fuera
- Capítulo 15 – Encarcelados
- Capítulo 14 – Ciudad Baja
- Capítulo 13 – El transportador
- Capítulo 12 – Buenos días!
- Capítulo 11 – Se apunta
- Capítulo 10 – Samurai Katori
- Capítulo 9 – Llegada al pueblo
- Capítulo 8 – Tab-Rab
- Capítulo 7 – El poder de Sil
- Capítulo 6 – La partida
- Capítulo 5 – Los anillos de Lokituk
- Capítulo 4 – Vale!
- Capítulo 3 – Nuevas amistades
—No sé de que me estás hablando —dice él, sin dejar de mirar su bol de fideos.
—No me vengas con cuentos, Katori! Sé que has sido tú, quien me ha robado esta noche! —grita enfadado Bruno— Todo el mundo sabe que eres un ladrón! Lo hemos leído en los periódicos! Y hay carteles por todo el pueblo!
La tensión es tan sólida en el pequeño negocio del Sr. Quilmet, que nadie se atreve a hacer ningún movimiento. El silencio reina en todo el local, y las miradas de todos los clientes se dirigen a la mesa donde hasta hace poco comía Katori tranquilamente.
El Pato Muerto es el único hostal de Vilazul. De hecho, es el único hostal de la región, puesto que este pequeño pueblo de trescientos habitantes está a más de tres días de camino de cualquier lugar. La planta baja es el comedor, dotado de varias mesas mal colocadas, y la barra del bar, está al fondo, cerca del escenario, donde en función del horario se pueden ver actuaciones más o menos aptas por todos los públicos. Una escalera de madera al fondo de la estancia conduce a las austeras habitaciones.

Se puede comer, dormir, y emborracharse, y no precisamente en este orden, la mayoría a veces. Las peleas y discusions son el pan de cada día, y no hay semana que el Sr. Quilmet no tenga que dedicar parte de las ganancias a arreglar los destrozos ocasionados por los simpáticos clientes. Pero aquella situación es diferente.
Bruno, ahora de pie ante la mesa dónde Katori está degustando el bol de fideos, es el herrero del pueblo. Y también es uno de los aldeanos más ricos, pues que su servicio es muy necesario en aquella villa totalmente agrícola. Herramientas para labrar y trabajar la tierra, herraduras para los caballos, ruedas para los carruajes… todos los habitantes utilizan sus servicios para una cosa u otra.
Pero aparte de rico, también es inmensamente inmenso. Casi dos metros y medio de puro músculo, forjado día a día en la ferretería, ante las brasas incandescentes del horno donde trabaja el metal, son la mejor forma para que ninguno de sus clientes se demore en los pagos de sus servicios. Y es que en el mismo momento en el que alguien conoce a Bruno, tiene la terrible sensación que más vale tenerlo de amigo que no de enemigo.
Y si su cara amable ya es de pocos amigos, en aquellos momentos, que desprende furia, mientras mira al hombre que descansa tranquilamente en la mesa, es de pesadilla.
Katori, por su parte, a pesar de no ser del pueblo, es tan o más conocido que Bruno en toda la región. Además, todo lo que se conoce de él, es bastante ambiguo, e incluso paradójico. Algunos lo tratan de asesino, otros de héroe, algunos de ladrón, y otros de buen samaritano. Se cuentan varias historias distintas de su pasado, a pesar de que nadie sabe nada sabe de cierto. Pero una cosa es segura. Es peligroso. Y eso está reflejado en todos los periódicos y fuentes oficiales. Es por eso, que cuando Katori entra en un local, todo el mundo intenta pasar desapercibido, y ruegan que se marche pronto sin que nada malo ocurra.
Vilazul lo ve llegar un par de veces al año, y de momento nunca ha pasado nada… hasta hoy.
Katori, ignorando al gigante que tiene delante, que emana rabia por las orejas, sigue comiendo con parsimonia el bol de fideos que ha pedido. Sentado en posición de flor de Loto, viste un kimono blanco, y un hakama negro, encima del pantalón. Un gran sombrero cónico de paja le cubre la cabeza hasta la altura de los ojos.
—Y yo te repito que no se de que me estás hablando… —dice sirviéndose una nueva cucharada de fideos.
—Deja de tomarme el pelo, ratero, y devuélveme el dinero inmediatamente, o te aseguro que te reventaré el cráneo aquí mismo, y tiraré los trozos a mi horno! —amenaza, golpeando con el anverso de la mano el bol de fideos, que sobrevuela todo el local y sale disparado por la ventana, reventando el cristal.
—Katori, todavía con la cuchara en el aire, que se ha quedado a medio camino cuando iba a llenarla de nuevo, ni siquiera se ha movido.
Las causas que han llevado a la situación que hay en estos momentos en el local, tienen el origen hace tres días, la mañana que Katori llegó a la villa.
Nadie sabe de donde venía, pues que había llegado a pie. Se dirigió directamente al negocio de Bruno, y le pidió que le afilara la katana. Este, reconoció la calidad del sable, y cómo se trataba de un trabajo de precisión, y tenía mucho trabajo, le dijo que se la dejara, y que pasara a buscarla en dos días. Katori aceptó, y dejó la mitad del dinero del trabajo como anticipo.
Mientras le hacían el trabajo, se hospedó en el Pato Muerto. Y a pesar de que al Sr. Quilmet casi se muere de un ataque de ansiedad, al verlo entrar por la puerta, no tuvo ningún problema durante su estancia. Siempre se marchaba a primera hora de la mañana, y se pasaba todo el día fuera, nadie sabe dónde, la hora de la cena, cuando regresaba y se retiraba a su habitación.
Aunque las calles estaban llenas de carteles de busca y captura, a nadie se le había pasado por la cabeza denunciarlo, ni intentar capturarlo, por razones obvias.
Pasó el tiempo pactado, y Katori volvió a casa de Bruno. Y en aquel momento empezó el conflicto.
Uno de los clientes de Bruno, le había explicado que Katori era un ladrón peligroso buscado por el gobierno, y este, al saberlo, se negó a hacerle el trabajo.
—Yo no trabajo para delincuentes! —le dijo, antes de fuera del local— Vete de esta aldea inmediatamente, o te quedarás a vivir para siempre, pero un metro bajo tierra!
—Al menos, devuélveme mi katana y el dinero que te di! —le pidió él, sin sorprenderse demasiado por la actitud del herrero.
—Nunca! No seré yo quien dé a un asesino el arma con quien mate a sus víctimas, ni el dinero para que compre una!
Katori, después de estarse unos segundos delante del local, se marchó, sin decir nada, y estuvo fuera todo el día, hasta la hora de la cena, como siempre, cuando volvió aparecer al hostal, para cenar y dormir.
Pero esta mañana, al poco de marcharse del hostal, cómo ha ido haciendo los últimos días, Bruno ha aparecido, acusando a Katori de ladrón. Y es que durante la noche, alguien ha entrado en su casa, y la ha robado todo su dinero, así como la katana que le había confiscado al presunto ladrón.
El Sr. Quilmet le ha dicho que en Katori no estaba ahí, y que si le había robado, seguramente ya no volvería, esta noche, y Bruno se ha marchado, maldiciendo todos los antepasados del samurai.
Pero para desgracia del pobre hotelero, hace escasos minutos, Katori ha regresado, a la hora de siempre, para pedir un bol de fideos. Algunos clientes, más espabilados, han desaparecido del local justo después en ese mismo instante, imaginando lo que podría pasar si Bruno se enteraba que el joven samurai ha vuelto.
Y efectivamente, ni cinco minutos ha necesitado la red de rumores de Vilazul, para que llegara a orejas del herrero que su ladrón había regresado.
—Estos eran mis fideos. No tienes bastante, robándome la katana y el dinero, que ahora me dejas sin cena? —dice fastidiado Katori, dejando la cuchara encima de la mesa.
—A mí no me vaciles, ratero del tres al cuarto! Me oyes? Yo no soy un pobre desgraciado que se deja robar sin defenderse!
—Insisto una vez más que no tengo nada que ver con lo que me estás contando. Y ahora, por favor, vete, porqué sino…
Pero antes de acabar la frase, Bruno agarra uno de sus mazos del cinturón de herramientas, y de un solo golpe encima de la mesa, la revienta. Y cogiendo a Katori por el cuello como si fuera de papel, lo levanta en el aire, haciéndole saltar el sombrero, mientras blande el martillo de forma amenazadora, con la otra mano.
Katori tiene el pelo liso y largo, de un rojo tan intenso que contrasta con sus ojos de verde profundo. Una cicatriz recorre su cara, desde la frente hasta la mejilla, pasando por el párpado. Piel, morena canela, labios finos y mirada penetrante, pero serena, a pesar de las circunstancias.
—Suéltame inmediatamente —dice suavemente, mientras colgando de la inmensa mano de Bruno, sin ni siquiera levantar las manos, para coger-se.
—Tienes tres segundos para confesar. O te reventaré la cabeza tal y como lo he hecho con la mesa! Uno…
—Te lo pediré solo una vez más… —insiste mientras la sangre se le acumula en la cabeza— Suéltame… ahora.
—…dos…
—Tú lo has querido, Bruno. Esto será ráp…
— …y treee…
De repente, la puerta del local se abre de golpe, repicando contra la pared, y haciendo añicos el clímax del momento, un chico y una chica entran discutiéndose.
—Pero que demonios me estás contando! —se queja Sil— Te piensas que soy tonta? Cómo quieres que me crea que estos fideos te han llegado del cielo?
—Que sí, que sí! Te lo juro! —se defiende Lutum, con el bol de fideos de Katori que ha salido disparado por la ventana hace breves instantes— Han aparecido de la nada!
Los dos siguen adelantando mientras ella intenta coger el bol, y él lo levanta, evitando que se lo coja.
—No seas burro! Los fideos no aparecen de la nada! Lo que pasa es que los tenías tú escondidos y té los querías comer, que eres un goloso egoísta! Encima que pierdes el equipaje, y toda la comida!
—Eh, que yo no he perdido el equipaje, eh? Que ha sido aquel avión, que lo ha despedaçat! Encima que te salvo!
—Salvarme? Pero si un poco más y me desnucas, haciéndome botar de aquella forma! Que no ves que yo soy una chica frágil, delicada y fina, trozo de papu escalibado?
En aquel momento los dos jóvenes, que ya se encuentran en medio del local, se dan cuenta que algo va mal al notar que a pesar que el bar está lleno hasta los topes, no se oye ni una mosca, y que todas las miradas se centran en ellos dos. Poco a poco, bajan el volumen de los gritos, que acaba por ser uno murmuro suave, hasta que desaparece.
Una mirada más atenta a su alrededor, hace que se den cuenta que el momento en el que han llegado no parece ser el más apropiado, sobre todo viendo que comparten el protagonismo con otro curiosa pareja, que también parece estar discutiendo. Un chico joven, vestido con una especie de kimono, cuelga por el cuello de la mano de un hombre que lo duplica en altura anchura, que blande un martillo de grandes dimensiones, con la otra, y que también los mira, extrañado.
—Ups… —dicen al unísono los dos recién llegados, viendo la extraña situación.
—Uhm… llegamos en mal momento, quizás? —pregunta Sil, a la audiencia, que la mira.
Pero un ruido contundente al otro lado de la sala hace que, tal y cómo si siguieran un partido de tenis, las miradas se dirijan de nuevo al núcleo de atención anterior, donde Bruno vuela por los aires, aterrizando encima de una mesa, que al no poder soportar su peso, cede, reventando bajo el gigante, mientras Katori aterriza con un ágil movimiento.
—Ha tumbado a Bruno! —grita una voz, entre la audiencia? Ha tumbado a Bruno!
—Cómo lo ha hecho? —pregunta otro— No he visto nada! Está inconsciente?
—Ha aprovechado que estaba inadvertido, mirando al chico de los fideos! —dice un tercero, refiriéndose a Lutum.
Pero el gran herrero, lejos de estar inconsciente, se levanta rabioso, y secándose con la mano la sangre que le mana de la nariz, corre, levantando el martillo, hacia Katori, que le espera, impasible. Lutum y Sil se miran la escena, sin entender nada.
Y justo en el momento en que seis chicos fornidos, armados con martillos, y con la misma cara de mala leche que Bruno, entran al pequeño local, Katori, con un rápido movimiento hacia atrás, evita la trayectoria de la pesada arma de su oponente, y con un giro de la cintura, se coloca justo en la posición en la que le propina un golpe de rodilla al estómago, que lo hace doblarse de dolor.
—Papa! —grita uno de los chicos que acaban de entrar? Vamos a ayudar a nuestro padre!
—Sí! —responden los otros cinco hijos de Bruno, que gritando y levantando los martillos corren hacia el otro lado de la sala, ignorando a Lutum.
Katori se mira los mini Brunos, y con cara de circunstancias, sólo puede que maldecir su suerte, mientras salta encima la mesa, y de esta a la làmpara, que cuelga del techo, donde se balancea y se impulsa hasta el pasillo del primer piso.
Todas las miradas de los espectadores lo siguen hasta arriba.
Mientras en Bruno se recupera, sus hijos ya están subiendo por la escalera de madera, para comprobar que Katori ya no está. Ha vuelto a saltar a la planta baja, y se dirige a la puerta de salida, rápidamente.
—Muchas gracias! —le dice a Lutum, que aún no se ha movido de su sitio, cuando pasa por su lado.
—Ningún problema! —contesta, sin saber exactamente de que le habla, sin dejar el bol de fideos.
Sil mientras tanto, más prevenida, ha desaparecido de la escena de acción, y se esconde detrás de una mesa con los otros espectadores aterrorizados.
Pero el plan de escape de Katori queda frustrado en el momento en el que Bruno reaparece, bloqueando la salida completamente.
—Mieeeerda! —se queja el chico del kimono, dando media vuelta, y volviendo por dónde ha venido.
Los pequeños herreros, ya han bajado de nuevo, y se dirigen con rabia hacia su enemigo, que al verlos vuelve a frenar en seco, junto a Lutum.
—Pero bueno, qué pasa aquí? No me podéis dejar en paz? —se queja.
—Hermanos, no tengáis piedad con el ladrón que ha robado a nuestro padre, ni con el chico de los fideos, que lo ayuda! —dice blandiendo el martillo en el aire, corriendo hacia los dos objetivos.
Mientras Katori vuelve a cambiar su trayectoria, y sale corriendo, Lutum no mueve ni un dedo. De hecho, ni siquiera sabe que él es el chico de los fideos al que se refieren los mini Brunos.
Mientras la mayoría de estos, junto con su padre, persiguen al samurai, los otros dos se tiran encima de Lutum. Este, al verlos, sin entender porque lo atacan, extiende con un rápido movimiento la mano que le queda libre, y los dos hermanos que volaban hacia él, se ven repelidos y proyectados contra la barra del bar, que sobrevuelan para estrellarse contra la pared donde hay los estantes de licor.
Todas las miradas vuelven hacia él.
—Eh, tú! Cómo has hecho eso? —pregunta Katori, gritando desde el primer piso, mientras propina un golpe de casi invisible de tan veloz, que impacta contra la barbilla de uno de los hijos del herrero. Este, de la inercia, no sólo cae al piso de abajo, sino que también se lleva uno de sus hermanos, que tenía justo detrás.
—El qué? —pregunta Lutum, que se agacha para evitar que lo aplasten los dos hermanos voladores que Katori ha lanzado, que aterrizan muy poco atléticamente reventando los tablones de madera del suelo del local.
—Cómo los has hacer volar, a aquellos dos?
—No se lo digas! —grita Sil, desde su escondrijo, que deja de serlo en aquel momento, pues todas las miradas pasan a centrarse en ella, que dándose cuenta de su error se esconde, enrojecida, bajo la mesa.
—Es que tengo el poder de controlar el aire! —responde al joven samurai del piso de arriba.
—Serás asno! —grita de nuevo Sil, saliendo de su escondrijo, y volviendo a ser el centro de atención— No te he dicho que te calles la boca?
Katori salta de nuevo a la planta baja, y se acerca a Lutum.
—Has dicho que puedes controlar el aire? Y como te lo haces? Hay algo que te dé ese poder?
—No le di… —empieza a decir Sil.
—Sí, claro! Es este anillo, ves? —le dice, cambiándose el bol de fideos de mano, y mostrándole la joya.
—Burro… este chico es burro… —se mortifica Sil, dándose golpes de cabeza contra la mesa.
—Es un anillo de Lokituk? Es uno de los anillos de la leyenda?
En aquel momento, los dos hermanos que quedaban en pie se dirigen contra Katori por la espalda, pero sin ni siquiera mirarlos, éste hace un rápido movimiento, saltando sobre sus manos, y cogiendo impulso con los brazos, se propulsa hacia atrás, clavando una doble patada de pie a las partes más nobles de los atacantes, que se agachan doloridos, momento que aprovecha para impulsarse de nuevo y repetir la operación, pero esta vez impactándolos a la cara, y dejándolos fuera de combate.
—Y dónde lo has conseguido? Sabes algo, de la leyenda? —sigue preguntando, olvidando la lucha.
—Bien, yo siempre…
Pero antes que acabe la frase, un martillo que gira por el aire, le impacta en plena cara, y a pesar que no le produce un daño excesivo, si le hace caer el bol de fideos al suelo, que se hace añicos en cientos de pedacitos.
Bruno, que ha tirado el martillo con todas sus fuerzas desde el otro lado de la sala, se sorprende de la relativa resistencia del chico, que parece ser que todavía conserva el cráneo entero.
—Mis fideos!! —exclaman los dos a la vez, al ver como la sopa mezclada con los trocitos de cerámica del bol se filtra entre los tablones de madera.
Durante los siguientes años, siempre que Bruno intenta pensar en aquel momento de su vida, lo único que puede llegar a recordar es la mirada amenazadora de sus dos contrincantes, por haber perdido los fideos, una fuerte patada en la cara, y una gran ráfaga de aire, que lo hicieron salir del Pato Muerto, atravesando y reventando la pared.