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Libros
- Saga Oeste
- Saga Este
- Saga Sud
- Saga Norte
- Saga Final
Saga Kadingir
ÍNDICE
- Capítol 17 – Los Hallazgos de Sil
- Capítulo 16 – Fuera
- Capítulo 15 – Encarcelados
- Capítulo 14 – Ciudad Baja
- Capítulo 13 – El transportador
- Capítulo 12 – Buenos días!
- Capítulo 11 – Se apunta
- Capítulo 10 – Samurai Katori
- Capítulo 9 – Llegada al pueblo
- Capítulo 8 – Tab-Rab
- Capítulo 7 – El poder de Sil
- Capítulo 6 – La partida
- Capítulo 5 – Los anillos de Lokituk
- Capítulo 4 – Vale!
- Capítulo 3 – Nuevas amistades
No es, ni mucho menos, el mejor día de la vida de Sil. De hecho, éste está a punto de encabezar la lista de los peores días de su vida.
Mientras conduce temerariamente el todo terreno de su padre, no deja de maldecir el incomprensible clima de las montañas que lo rodean. No puede comprender como puede haber cambiado todo en tan pocas horas.
Esta misma noche, la pasado en su pequeña tienda de campaña, tal y cómo ha venido haciendo desde el día que marchó de casa. Y de hecho, en el momento de dormirse, la noche era cálida y tranquila. Pero cual ha sido su sorpresa, cuando se ha despertado a primera hora de la madrugada, totalmente congelada, y al salir de su pequeño habitáculo ha descubierto que el invierno había llegado de repente, como por arte de magia.
—Se puede saber como demonios ha cambiado tanto el clima, en una sola noche? —grita Sil enfadada, mientras intenta guiar el coche entre los caminos nevados sin salirse— Esto es imposible! Esto va contra la naturaleza! Mierda de naturaleza! Que no sabe hacer bien su trabajo, o qué? Y porque demonios no me han avisado, aquellos estúpidos aldeanos? Rayos y truenos! Si algún día vuelvo a verlos me van a oír! Ya lo creo que me van a oír!
La nevada le ha complicado muchísimo el viaje. Por un lado, porque su equipaje no es de invierno. Ni la ropa, ni las mantas, ni siquiera la pequeña tienda de campaña. Todo es de verano, para pasar días cálidos, como los que ha hecho hasta esta misma mañana.
Evidentemente, tampoco trae cadenas por el coche, hecho que complica todavía más el control y la conducción del vehículo. Pero lo peor de todo es que con el paisaje, también ha cambiado el camino. Nada es como ayer. Todo ha quedado cubierto de nieve, y ya no hay ningún señal de la ruta que seguía hasta ahora.
Desde que ha dejado el campamento, y ha iniciado la nueva etapa de viaje, ya se ha salido del sendero media docena de veces, y dos de ellas ha acabado dentro del río. Por suerte, el vehículo está totalmente preparado para estas condiciones, y a pesar de las adversidades, ha logrado seguir adelante. Y no podría ser de ninguna otra forma, ya que se trata de uno de los mejores todo terrenos de la flota de su padre. Y es que el padre de la Sil es multimillonario.
A pesar de lo que pueda parecer, ella no es una intrépida aventurera a la que le guste dormir en tiendas de campaña, y viajar por el mundo, sino todo lo contrario. Es una chica que ha buscado la comodidad toda su vida, y la ley del mínimo esfuerzo siempre ha sido su directriz. Nunca ha pensado en hacer nada que no sea comprarse lo que quiera con el dinero de su padre. A sus dieciséis años, lo tiene todo. Es lista como el hambre, tiene todo el dinero que quiere, y también trae a todos los chicos de cabeza.
Pelo liso de negro intenso, ojos de un misterioso verde oscuro, y un rostro en parte perverso, pero fino y seductor. Si además añadimos que es una deportista nata, no será difícil entender porque siempre es el centro de todas las miradas masculinas. Pero aún así , tiene un pequeño problema. Su genio.
—Me cago en todo! Estúpidos ignorantes de pacotilla! Anacolutos analfabetos diplomados! Ya me podrían haber avisado! Qué se los costaba decirme que esta noche haría una nevada de cojones?! Cromagnones desarrapados!
Este año ha finalizado los estudios obligatorios, y ya había decidido que no seguiría estudiando. Se puede decir que la Sil es la típica hija única consentida, acostumbrada a que le den todo lo que quiere, cuando lo quiere. O al menos así ha sido hasta hace pocos meses. Mientras se mira el dedo anular de la mano izquierda, recuerda aquel día de verano.
Hacía un par de semanas que había acabado las clases, y estaba con sus padres en la casa donde suelen pasar las vacaciones. De hecho, más que casa es una torre, situada en una zona de alto standing, rodeada de otras torres y chalets, de propietarios tan o más ricos que ellos.
Aquella tarde, aburrida y sin saber qué hacer, porque no daban nada que le gustara en ninguno de los más de trescientos canales de televisión por satelite, empezó a vagar por la casa sin rumbo aparente, para pasar el rato. De su habitación a la cocina, de la cocina al lavabo, allá se miraba un rato al espejo, después volvía al comedor, de este volvía a la habitación…
Y en una de estas intrépidas excursiones locales, que ya hacía a la pata coja, por puro aburrimiento, se fijó en una de las muchas puertas que, a pesar de haberla visto un montón de golpes, hacía mucho que no le había prestado atención. Al contrario que todas las otras, esta no llevaba a una habitación, sino a unas escaleras.
Conocía el sótano perfectamente. De hecho, cuando era más pequeña había pasado largas horas ahí, pues siempre ha estado de antigüedades, por el negocio de su padre, que la cautivaban. Se entretenía mirando los extraños objetos, figuras, cuadros, estatuas, y un montón de cosas más. Incluso tenía un cocodrilo disecado, que le había producido más de una pesadilla de infancia.
Pero hacía ya muchos años que no entraba. Quizás ni siquiera había las mismas cosas, a pesar de que su padre raramente se vendía esos valiosos objetos.
Guiada por el aburrimiento, por la curiosidad, o quizás por la nostalgia, su mano fue hasta el pomo de la puerta y la abrió. Delante suyo, las viejas escaleras de madera tal y como las recordaba. Más allá, la oscuridad.
Atravesó la puerta, no sin antes encender la luz, y lentamente fue bajando los escalones de uno en uno. A cada paso, y mientras los chasquidos de la madera se quejaban de su peso, los recuerdos de sus últimas estancias volvían a cruzar su mente. Prácticamente no había cambiado nada. Unos pocos escalones más, y ya se encontraba al pie de la escalera, mirando todos los extraños objetos de las estanterías.
Cómo siempre que iba allí, la atmósfera parecía cargarse de historia. En aquel sótano había elementos con más de cinco mil años de historia. Objetos que habían estado a los cuartos reales de reyes, en las tumbas de faraones o en cabañas de antiguas tribus. Y ahora, descansaban ahí, en su casa, no por su utilidad o su belleza, sino por su antigüedad. Con los siglos, su función original se había perdido completamente, pero curiosamente su valor había aumentado.
En uno de los estantes, había un juego de collares que colocados uno encima de otro, formaban un cilindro, que según le explicó su padre, era para alargar el cuello a las mujeres de una tribu, llamadas las mujeres jirafa. Siempre le habían causado una cierta sensación de cierto malestar, porque según le había explicado, si se quitaban el collar tubular, morían desnucadas. Recuerda como de pequeña se imaginaba cómo sería la vida sin poder quitarse aquello del cuello, y se ponía nerviosa sólo de pensarlo.
Un poco más allá, un juego de muñecas de madera de radiantes colores. Eran todas iguales, con forma de bolo. Se podían encajar una dentro de otra, de forma que al final quedaban todas dentro de una sola. En alguna ocasión había pedido permiso para jugar con ellas, pero nunca le habían dejado. Siempre había pensado que era una tonteria, tener muñecas con las que no se podía jugar.
Su nostálgico paseo la llevó hasta una gran mesa redonda, donde había dos estatuas de marfil, elaboradas con dos grandes colmillos de elefante. Dos geishas que parecían estar bailando algún tipo de danza sensual, contorsionándose.
Finalmente, llegó a la vitrina de las joyas. Un gran escaparate de anillos, brazaletes, collares, coronas, diademas, pendientes… algunas de muy sencillas y simples, incluso austeras, y algunas de recargadas, barrocas, incluso grotescas.
Y entre todos aquellos pequeños objetos de decoración personal, sus ojos repararon en un anillo que sin tener nada especial, le llamó la atención, sin saber porque. Parecía metálico, de un verde intenso, con un extraño entramado de nudos, y una imagen central, con dos estrellas de cinco puntas, una junto a la otra.
No recuerda haber dado dos vueltas a la llave que estaba colocada ya en la cerradura de la cristalera, ni tampoco haber abierto la fina puerta de madera y cristales. Ni siquiera recuerda haber cogido el anillo, que descansaba en una pequeña almohada de terciopelo negro. Y mucho menos habérselo puesto en el dedo anular de la mano izquierda. Pero el caso es que lo hizo, porque sin saber cómo, se encontró a ella misma mirando como el anillo cobraba vida y se adaptaba a su dedo.
Todavía ahora sigue mirándolo, mientras tampoco quita ojo del camino nevado.
—Quién carajo me mandaba a mí embarcarme en esta historia? —sigue gritando, por sus adentros— Yo tendría que estar a casa, ahora! Apoltronada en el sofá, con la calefacción, mirando la tele! Y no aquí, pasando frío por culpa de este clima del demonio, que se ha vuelto loco! Yo tendría que estar en la ciudad, con la gente civilizada! Y no en una región perdida de la mano de Dios, que ni siquiera sale en los mapas, donde sólo viven una pandilla de locos energúmenos antropopitecos! Argh!!
Mientras conduce con una sola mano, con la otra golpea, como si fuera un tambor que acompaña la melodía de su amplio registro de insultos, el monitor del sistema de navegación por satélite que incorpora el vehículo, que hace interferencias a causa de la nevada. Pero con este científico método de reparación de hardware, no consigue sino que finalmente la pantalla se funda en negro, dejando un pequeño puntito blanco en el centro.
—Ah, muy bien! —se vuelve a quejar, sorprendida y contrariada por la reacción del pequeño aparato de precisión— Trasto inútil! Ahora te mueres? Y ahora qué? Ahora como representa que sabré por dónde ir? Eh? Eh? —le reclama con rabia.
Poco a poco, empieza a frenar el coche. Sin el sistema de navegación por satélite no puede hacer gran cosa, y decide consultar unos mapas que compró hace un par de días en una de las últimas aldeas habitadas.
Abre la puerta del todo terreno, y sale al exterior. Un golpe de aire frío la sacude y le recuerda la baja temperatura externa, donde no hay calefacción. La diferencia es impactante, especialmente considerando que tan sólo viste con unos tejanos negros, una cazadora corta a juego, y un top de verano.
Remugando insultos, mientras el vapor se le escapa entre los dientes, con las hombros levantadas, la cabeza agachada, y abrazándose ella misma, Sil rodea el coche y se dirige a la parte del final del vehículo, donde obre la puerta posterior.
Dentro reina el caos. Todos los asientos de atrás han sido plegados para ganar espacio de maletero, y este está lleno hasta los límites de todo tipo de equipaje. Cajas llenas de comida, una tienda de campaña mal plegada completamente empapada, dos maletas, varías mochilas, un saco de dormir desplegado, libretas, libros, carpetas, un botiquín abierto que ha ido desperdigando todo su contenido, varias herramientas, un cesto, y unas cuántas cajas de cartón apiladas.
Es precisamente a estas cajas, donde se dirige. Coge la primera, encima de todas, mira en su interior, y haciendo cara de asco, la tira a la otra punta del maletero. Coge la segunda, mira el que contiene, y esta vez, contenta, encuentra loo que busca. Saca un par de mapas del interior, todavía para estrenar, vuelve a dejar la caja a su lugar, y empieza a desplegar uno de ellos.
El mapa es de la región. En él se pueden ver todos los picos de las Oratam. Sil se encuentra próxima a la cumbre de Rassaliv, el segundo más alto de la zona, muy próximo a una collada que le permitirá cruzarlo. Este al menos, era su plan ayer, cuando la montaña no estaba totalmente cubierta de nieve.
Hacía apenas unos meses, no habría podido interpretar un mapa ni siquiera con una hoja de instrucciones, pero ahora ya es toda una experta. Puede situarse rápidamente, leer todas las indicaciones, y encontrar la ruta correcta sin ningún tipo de problema. Ha cambiado mucho, desde el día en que marchó de casa.
Mientras revisa el recorrido una vez más, aún temblando de frío, tiene la sensación de oír un ruido lejano. Una ráfaga de viento que cada vez se oye más y más fuerte. Curiosa por el estaño sonido que llega des de alguna de las montañas, imposible de saber cual, por el del eco, mira a su alrededor, y ve como una bandada de cuervos se aleja de una zona boscosa no muy lejos de donde se encuentra ella.
El escalofrío que le recorre la espina dorsal la hace volver en si, y se apresura a coger el mapa, cerrar la puerta posterior, y volver dentro del vehículo, donde la espera la calefacción.
Una vez dentro, calor y seguridad vuelven a rodearla. Despliega el mapa asegurándose de dejar a la vista la zona donde se encuentra, y lo coloca en el asiento del copiloto, donde lo puede ir consultando mientras conduce. Enciende el motor, y poco a poco se aleja de la zona.
Según sus cálculos, no está muy lejos del collado que está buscando. Si consigue cruzarlo, sólo le hará falta bajar para dirigirse a los valles de la otra ladera de la montaña. Con suerte, en aquella altitud, más baja, no habrá nevado, y podrá acabar la etapa de las Oratam, para seguir el viaje hasta su destino.
La collada pero, no es nada fácil. Un camino lleno de curvas, prácticamente invisible al estar cubierto de nieve, en el que controlar el coche es toda una epopeya. Si acelera demasiado, se arriesga a chocar contra un margen o caer montaña abajo, pero tampoco se puede tocar el freno, pues las ruedas del vehículo se bloquearían, y se perdía el control.
Si a este hecho, añadimos que Sil no solo no tiene carné de conducir, sino que además éste es el primer coche en el que se sienta en el lugar del conductor, nos daremos cuenta de la temeridad de la situación. Así pues, poco a poco el todo terreno va avanzando por el sinuoso camino lentamente, pero de forma segura. En un par de horas habrá cruzado, y después todo será más fácil.
Mientras no deja de vigilar el camino, no puede evitar volver a mirarse el dedo anular de la mano izquierda. Aquella joya del mismo verde que sus ojos le ha cambiado la vida. Todavía ahora tiene la imagen del anillo adaptándose a su dedo; todavía ahora recuerda como aquellas tramas y nudos metálicos se movían, serpenteando, para encajarse a ella. Y todavía ahora recuerda como aquel día, asustada como estaba en aquel sótano, intentó inocentemente quitarse el anillo. Pero evidentemente, le fue imposible. Nunca más pudo hacerlo.
De repente, un chico aparece del no nada al medio del camino, embistiendo el todo terreno violentamente. La colisión es tan salvaje, que Sil pierde el control debido al impacto, y da dos vueltas sobre su propio eje, saliéndose del camino, para acabar estampándose contra la zona de bosque.
Una cortina de humo surge por el capó del motor, aplastado completamente.