Sil y Katori han dejado las mochilas en un rincón oscuro y discreto de un portal.

—Muy bien —dice él— Ahora espérate aquí y no te metas en líos, entendido? Échate un rato y aprovecha para descansar. Pero por encima de todo, no te metas en líos.

—Pero quien te has creído que soy? Yo no me meto nunca, en líos! Sois vosotros, que me metéis en ellos!

—Cómo quieras… —dice alejándose del portal— Pero no te muevas de aquí! Venga, hasta ahora!

Sil ve como Katori se aleja rápidamente, en dirección a los astilleros, ágil y silencioso.

Y de nuevo… se siente sola.

Hacía días que no invadía esa extraña sensación que le había acompañado todo el viaje hasta encontrar a Lutum. Había iniciado la búsqueda sin que nadie la ayudara, y a pesar que se engañaba a ella misma pensando que podía hacerlo sola, no era así.

Desde que había encontrado a Lutum que, a pesar de las peleas y discusiones, se había llenado el vacío que la acompañaba des del inicio de su viaje. O para ser más exactos, desde toda la vida. Ella siempre había sido una chica muy independiente, incluso antes de encontrar aquel anillo.

El orgullo y su necesidad de parecer fuerte siempre habían hecho que se acabara quedando sola. En la escuela, era la niña excesivamente lista que sabía siempre todas las respuestas. Y no sólo eso, sino que también era la que más éxito tenía con los chicos. Dos calidades que la habrían podido que hacer popular, la habían aislado del resto de sus compañeros.

Las chicas no querían saber nada de ella, porque la veían como la competencia que les robaba los chicos. Y estos, algunos porque la consideraban fuera de su alcance, y algunos porque la veían demasiado petulante, también la dejaban de lado. Tan sólo se habían acercado a ella los más pedantes y presuntuosos, que lejos de querer conocerla, tan sólo querían estar con ella, para ganar posiciones en su escalera de popularidad.

Estos fueron tan sólo algunos de los motivos que la llevaron a abandonar los estudios tan pronto como le fue posible. No estaba a gusto, en el instituto.

Y a la vez, eso implicaba que tampoco tuviera amigos fuera de éste, ya que mientras que los otros chicos y chicas quedaban para encontrarse después de las clases, para ir a tomar algo, o charlar, a ella nunca la invitaban, porque no estaba en ningún grupo. Un círculo vicioso, que como una pescadilla que se muerde la cola, provocaba que al pasar los años, se sintiera más aislada, y tuviera menos ganas de sentirse parte de un grupo.

En casa, la historia tampoco era muy distinta. Hija única, sin nadie con quien relacionarse, excepto por sus padres y la canguro, con quien pasaba la mayoría del tiempo. Y es que tanto su padre como su madre, dedicaban más horas al negocio familiar, que a la familia en sí. Anticuarios los dos, su trabajo siempre los había cautivado. Conocer la antropología, la cultura, o la historia antigua, los cautivaba más que la historia de su hija. A pesar de que se la querían mucho, su comunicación dejaba mucho que desear. Se limitaban a hablar de temas genéricos, sin llegar a conocer a la solitaria Sil que había bajo la máscara de una adolescente a la que no le gustaba ir al instituto.

Y por esta misma falta de comunicación, cuando encontró el anillo, tampoco les explicó nada sobre los poderes que venían con él. En un principio solo su padre se extrañó del hecho que no se lo pudiera sacar, pero al cabo de los días se fue olvidando del tema.

Por eso empezó su búsqueda sola. Tanto en la investigación en la biblioteca, como viajando por toda la península. Siempre sola.

Hasta hacía cuatro días.

Lutum ni siquiera se había planteado como era. De hecho, tanto le daba que fuera fea, guapa, tonta o lista, ya que no tenía referentes ni prejuicios. Lutum era puro, y había decidido acompañarla, dejando todo lo que tenía, que si por un lado era sólo un pequeño refugio, también es cierto que era su hogar.

Y después Katori. Un curioso personaje que parecía tener una alma tan solitaria como la suya, y con un parecido genio y carácter, que hacía que se discutieran más que hablaban.

Pero ahora todo eso la hace sentirse integrada dentro de un grupo. Y le gusta. Y lo está descubriendo en estos instantes, mientras sentada encima de las mochilas, en aquel portal oscuro, se vuelve a sentir tan sola como se había sentido toda la vida, sin saberlo.

El ruido metálico de una carretilla travesando la calle la hace volver en si, y se recoge todavía más en la oscuridad. Parece ser que alguien se acerca donde se encuentra. En un momento dado, el ruido se para, y oye un silbido grave y melódico, que se repite varias veces. Agudiza el oído, pero no oye nada.

Un rato después, vuelve a empezar el ruido metálico, acercándose de nuevo, prácticamente hasta su lado. Allí, se vuelve a parar, y de nuevo, vuelve el silbido. Pero esta vez tiene respuesta, des de uno de los barcos.

—Buenas noches! —dice la voz desde la embarcación.

—Buenas noches, compañero! Kili, para pasar el frío y el sueño de la guardia? —pregunta el hombre de la carretilla.

—Que sean dos! —dice la voz del barco.

Sil, curiosa, se asoma a través del portal y ve como el hombre que lleva la carretilla coloca dos botellas en una cesta que eleva con un largo palo, parecido a una caña de pescar. El hombre del barco las recoge, y deja unas monedas a cambio.

Nolak es el vendedor de Kili, un licor que sólo se puede encontrar en Ciudad Baja, que aparte de emborracharte, te quita el sueño y el frío, y hace más soportables las largas guardies solitarias de la noche. Los marineros ya reconocen su silbido, y aquellos quiénes están interesados en comprar responden su llamada cuando lo oyen pasar.

—Muchas gracias! —contesta el vendedor— Espero que vaya bien el viaje, y que lleguéis a buen puerto!

—Ah, gracias! Creo que este viaje será bastante tranquilo! El capitán quiere ir a las Sedem, a vender todo el pescado y las especies. Será un paseo agradable!

—Así lo espero! Buenas noches, compañero! —dice el vendedor alejándose mientras vuelve a hacer sonar el pequeño silbido.

—Buenas noches! —dice el hombre, volviendo a cubierta.

Del corto diálogo que ha oído, Sil se ha quedado con la idea que el barco que está justo delante, donde se han separado, va a las Islas Sedem. Esto la tranquiliza, pues ahora sabe que aunque sus amigos se demoren, tienen el barco justo ahí.

Más tranquila, se estira encima las mochilas e intenta relajarse. Pero ha pasado por demasiadas cosas aquel día, y está completamente desvelada.

Quizás podría aprovechar que tiene el barco tan cerca, para echar un vistazo. Después de todo, está justo delante del punto de encuentro, y tiene dos horas por delante.

Sin saber cómo ni porque, se encuentra asomándose por el portal, y mirando a derecha e izquierda. No hay nadie, y discretamente, sin hacer ruido, atraviesa la calle de puntillas. Tan de puntillas va, que resbala con un adoquín, y se estampa contra el suelo silenciosamente, dándose un golpe en el dedo pequeño del pie, que a pesar de que le provoca un daño horroroso, se traga el grito de agonía mientras las lágrimas le caen mejillas abajo. Se levanta, y continúa el camino sin ir de puntillas, pero sí un poco coja.

Finalmente llega el barco. Cómo no hay la pasarela colocada, la única opción que le queda disponible es la de subir por la amarra. Así que se dirige a la gruesa cuerda, y abrazándola, estirándose encima, empieza a escalar, contrayendo el cuerpo y estirándose cómo si fuera un gusanito. Cuando llega justo a la mitad, pierde sensiblemente el equilibrio, se da completamente la vuelta, pasando a verlo todo del revés.

Justo en aquel momento, un grupo de ratas nocturnas, con ganas de farra, deciden ir a investigar a las basuras de la ciudad, y optan para abandonar el barco a través de la misma cuerda por donde circula Sil.

Cuando esta ve que los pequeños pasos que nota por encima de sus brazos y piernas con los que abraza la cuerda, son de los pequeños roedores, que atraviesan con bastante más agilidad que ella por encima la amarra, pega un chillido que silencia ella misma poniéndose las manos en la boca.

A pesar de haber ahogado el grito de espanto, se da cuenta del pequeño detalle que al haberse soltado, hace que se precipite abajo, aguantándose únicamente por las piernas, que no soportan el tirón, y ceden, dejando caer a su propietaria grácilmente, a las sucias aguas del puerto.

O al menos eso piensa ella mientras cae. Pero cuando ve que no acaba de caer, se da cuenta que todas sus manos están cogiendo con fuerza la cuerda, de nuevo. Cuando abre los cuatro ojos y se da cuenta que se ha duplicado inconscientemente, y que la copia, cogiéndose a la cuerda y a ella misma, ha evitado que caiga al agua, no puede evitar sonreír de satisfacción.

Acto seguido, una Sil escala a la otra, y cuando ya vuelve a estar agarrada, se fusiona de nuevo, y poco a poco, acaba de subir la gruesa cuerda hasta el final.

Si no fuera porque el marinero que está haciendo guardia está dormido, roncando profundamente, habría visto perfectamente como una cabeza se asoma de repente por encima de la cubierta, para mirar si hay alguien.

Después de dar gracias a que el Kili no cumple su función de mantener desvelado a su consumidor, Sil, tan silenciosa y ágil cómo ha sido hasta ahora, se agarra a la barandilla de la cubierta y se impulsa patéticamente, mientras levanta la pierna, que no a la barandilla y vuelve a caer hacia abajo. Repite la operación con el mismo resultado un par de veces.

Pero por suerte, como que se más tozuda que ágil, a la tercera consigue pasar el pie por encima la barandilla, donde se arrapa como una garrapata. Poco a poco, acaba de hacer la ascensión, y suspira profundamente, satisfecha.

Excepto el atento guardián, que ronca como una marmota, la cubierta está totalmente vacía. Las velas están plegadas, el barco se balancea tímidamente, y no se oye ni un ruido. Ahora tan sólo le hace falta encontrar un lugar donde se puedan ocultar los tres luego que sea la hora.

Paseándose con mucha cautela por la cubierta, se dirige al centro, donde hay una gran apertura por donde entran y salen las mercancías con las grandes grúas de carga y descarga. Echa un vistazo a su interior. Sólo ve cajas y más cajas de todas formas, medidas y colores, amontonadas ordenadamente y aseguradas por todos lados, para que con el balanceo del barco no caigan. En un lado, una pequeña escalera de mano para bajar.

A pesar de que en un principio cree que ya ha ido bastante lejos, y que con esta información ya tiene suficiente, después piensa que si en lugar tratarse de ella, ahí hubiera estado Lutum o Katori, seguramente entrarían para comprobar el interior, o para buscar un rincón discreto donde pasar todo el viaje, en lugar de regresar ya. Así pues, reuniendo fuerzas, decide bajar al almacén.

Asegurando cada paso que da, escalón a escalón, y vigilando no resbalar, baja la escalera que la conduce al interior del barco. Tal y cómo había visto desde arriba, el depósito está lleno de mercancías. Paseándose por los pasillos de cajas, busca algún espacio donde puedan pasar desapercibidos. Y no tarda mucho en encontrarlo.

En una de las paredes del fondo del almacén, hay un grupo de contenedores metálicos, de apertura lateral, vacíos. Están amontonados de dos en dos, y parece ser que no les han hecho falta. Según había dicho el marinero, ya se dirigían a las Islas Sedem a vender todas las mercancías, o sea que seguramente ya no se los haría falta utilizarlos, en aquel viaje.

Una vez ha localizado su objetivo, decide que ya ha hecho bastante. Ahora hace falta volver a las mochilas y esperar a los otros. Cuando lleguen les podrá echar en cara que ella sola ha encontrado el barco y el lugar perfectos para llegar a las Islas Sedem tranquilamente. Y es por eso que deshaciendo el camino que ha hecho, vuelve hacia la escalera del almacén, para subir a la cubierta.

Pero sin saber cómo, parece que las cajas han cambiado de lugar, y ninguna da ellas está en el mismo lugar donde estaba hacía unos minutos, cuando había pasado por primera vez. De hecho, han cambiado tanto, que tiene tantas dificultades para encontrar el camino de retorno, como para aceptar que está perdida.

—Oh, venga Sil! No puede ser! —piensa en voz alta— no te puedes perder aquí dentro!!

Durante un buen rato, se encuentra paseando por el almacén, y empieza a ponerse nerviosa a medida que se aproxima la hora de encuentro. Intranquila, acelera el paso, para moverse más rápido por el laberinto de cajas y perderse del todo. Y es entonces, cuando en uno de los giros aleatorios entre todos los pasillos, lo encuentra.

En un principio no se lo acaba de creer. Como puede ser que esté ahí? Casualidad? Destino? Cómo puede haber venido? Alguien lo ha traído? Y en aquel caso… quién? Pero indiferentemente de las respuestas a todas las preguntas que le pasan por la cabeza, hay un hecho incuestionable. Que ahí está. Feo y revolucionario, potente y peligroso, híbrido y puro.

El Transportador.

—Pero cómo? Pero qué? Pero quién? —no puede evitar decir Sil, viendo como el extraño vehículo descansa tranquilament en aquel almacén.

Quizás aquel barco es del ejército, y el vehículo está confiscado? Parecería el más coherente. Pero aquel barco no es del ejército, ni de la Corporación. Es un comerciante, sin nada más que especies y pescado. Mientras todos estos pensamientos se amontonan en su cabeza, se acerca al vehículo, para comprobar que no está soñando.

Pero aquel es el último paso que da, pues tan buen punto su pie toca el suelo, oye un pequeño ruido mecánico parecido a un mecanismo de poleas. Mira a su pie, y ve dos pequeños puntitos rojos a la altura de la rótula. Son de hecho, los dos puntitos del rayo de infrarrojos que había instalado como equipo de seguridad para proteger el Transportador. Y Sil lo ha activado al poner el pie en medio. A partir de aquel momento, los hechos se suceden de forma muy rápida.

Por un lado, una coral de altavoces desperdigados por todo el almacén empiezan a sonar, a todo volumen, entonando una bonita marcha de circo. Aparte, la penumbra en la cual se encontraba hasta ahora, desaparece en el momento en que se encienden todas las luces del almacén, más un par de focos de los que se utilizan para pescar de noche. Para rematarlo, la compuerta del almacén empieza a cerrarse de forma automática.

La parte positiva de todo eso, es que gracias a la luz y el ruido de la puerta, Sil se da cuenta que no estaba tan perdida, sino que tenía la salida muy cerca, y empieza a correr hacia ella, cayéndose un par a veces por el camino, y tres veces más subiendo las escaleras. Aún así, milagrosamente, aún tiene tiempo de salir antes que se cierre la compuerta.

Pero el panorama que la espera en el exterior no es mucho más acogedora. El barco está cubierto con luces de todos colores, tal como si fuera un árbol de Navidad, y unos grandes focos se mueven dando vueltas, acompañados de más altavoces, que suenan tan fuerte como los del almacén, anunciando con una bonita melodía que hay un ladrón a bordo.

Aprovechando el momento de confusión del vigilante de guardia, que se ha despertado de repente, desconcertado por todo el espectáculo de luz y sonido, Sil corre hasta proa, pensando en saltar al muelle, y esconderse antes que todos los habitantes de Ciudad Baja se personen delante del barco, pensando que es un baile de fiesta mayor.

Pero cual es su sorpresa al ver que tanto Lutum como Katori también se dirigen en aquellos precisos instantes al punto de encuentro. Normalmente, esta noticia sería buena, pero en este caso, pierde su connotación positiva, considerando que en Lutum viene perseguido por un gran monstruo marino, y un grupo de soldados persigue a en Katori, mientras le disparan.