Un espectacular trueno despierta a Sil a primera hora de la madrugada, que abre los ojos de repente.

La habitación está en la penumbra por la poca luz que entra por la ventana, donde repican las gotas de agua con fuerza. El día está tapado y nublado.

Poco a poco, y a medida que reconoce la estancia, recuerda la noche anterior. Después de hablar amablemente con Lutum y Katori, les obligó a dormir en el suelo, mientras ella se quedaba la cama. No tardó mucho en caer, a pesar de la presencia del samurai, que no le hacía ni una pizca de gracia. Pero el agotamiento del día superaba su desconfianza.

Un nuevo trueno, aún más largo y estridente que el anterior, desgarra el cielo de Vilazul, haciéndola estremecer bajo las sábanas.

Sil se gira, estirada en la cama, y echa un vistazo a sus compañeros. Katori duerme apoyado a la pared, en posición de flor de Loto, y un sombrero que prácticamente le tapa toda la cara. Lutum, por otro lado, está en el suelo, encima de una manta, durmiendo profundamente boca arriba, abierto de brazos y piernas.

—Cómo puede ser que no se hayan despertado, estos dos? —murmura ella, viendo como ni siquiera se han movido, a pesar del par de truenos que se han oído en todo el pueblo.

Lentamente, retira las sábanas y se reincorpora. Ya que se ha despertado antes de que nadie, aprovechará para ducharse y cambiarse. Así cuando los otros se levanten, ya estará preparada.

Se levanta de la cama, y atraviesa la habitación, tan dormida, que incluso le cuesta mantener el equilibrio. Pasa por encima de Lutum, y se dirige al lavabo. Una vez dentro, enciende la luz, y va hasta el espejo, donde se mira atentamente. Tiene ojeras, está completamente despeinada, y su cara refleja el agotamiento de los últimos días.

Durante un rato, se dedica a hacer unas cuántas muecas ante el espejo, ensayando varias expresiones; contenta, triste, haciendo morros, o incluso miradas insinuadoras. Se retira un poco del espejo, y se mira del derecho y de perfil. Saca y esconde barriga varias veces, y agarrándose los pechos, se los junta y levanta sin dejar de mirarse, para soltarlos a continuación. Después del examen, decide que está tanto guapa y sexy como siempre. Incluso más que de costumbre, por el ejercicio de los últimos días. Y es que Sil… se gusta mucho.

Es entonces cuando por un instante, se fija en una esquina del espejo, que refleja el otro lado de la habitación. Rápidamente, se gira para comprobar si lo que ha visto es lo que parece. Y en una mezcla de satisfacción y espanto, confirma que sí. Satisfacción porque una vez más, ella tenía razón, y espanto, porque preferiría no tenerla.

Y es que delante suyo, hay una bolsa de viaje, que con la cremallera abierta, permite ver su interior, repleto totalmente de billetes y monedas. Y encima de estos, una larga y fina katana de funda negra.

—Aaaaargh! ?—no puede evitar gritar— Aaaaargh!! Es cierto! Es un ladrón!!

Saliendo del lavabo, y encendiendo la luz de la habitación, sin dejar de gritar, consigue hacer lo que los truenos no han podido; despertar a sus dos compañeros.

—Tú! Ladrón! —dice señalando a Katori— Era cierto! Bruno tenía razón! Tú le robaste el dinero y la katana!! Lo he visto! Está en el lavabo!

Katori, que lejos de asustarse por haber sido descubierto, se siente molesto por la brusca forma de despertarlo, levanta la parte delantera del sombrero que le cubría los ojos, y la mira.

—Pues claro que fui yo! —responde, enfadado— Pero porque él me robó primero! Se quedó mi dinero y mi katana!

—Pero ayer dijiste que no! —grita ella, atónita.

—Oh, sí! Qué querías? Que le dijera que le había robado? Dónde has visto tu, que después de robar se tenga que confesar el delito?

—Lutum! Lutum! —grita al pobre chico, que apenas se acaba de despertar? Ves? Ves? Ya te lo decía, yo, que era un ladrón! Y encima lo dice así, como si tal cosa!

Sin decir nada, bosteza profundamente, estirando los brazos de par en par, y se rasca la cabeza, empezando a comprender la situación.

—Sí, ya lo sé… me lo dijo ayer… —dice finalmente, con los ojos medio cercados— Pero me dijo que aquel hombre le había robado primero…

Incluso el señor Quilmet, que en aquellos momentos está en el bar, fregando el suelo, y colocando las sillas del revés, encima las mesas, puede oír claramente el grito de rabia e indignación de Sil. Por unos instantes mira hacia arriba, pero al recordar quién ocupa la habitación de la que proviene los chillidos, prefiere ignorarlo y volver al trabajo.

La lluvia de improperios, insultos y reproches que Sil dedica a sus dos compañeros es tal, que a pesar de tratarse de dos grandes y poderosos guerreros, los ha llegado a acorralar en un rincón de la habitación.

Finalmente, la bronca acaba, y ella, jadeando por la falta de respiración, vuelve al lavabo, y cierra de un portazo. Unos según después, la puerta se vuelve a abrir, y el bolso con el dinero y la katana sale disparada, cayendo al medio de la habitación.

—Y ahora voy a ducharme! O sea que ni se os pase por la cabeza entrar! Ya podéis ir pasando para abajo! —dice pegando un nuevo portazo.

Los dos chicos, estupefactos por aquel revolucionado despertar, se quedan mirando el bolso.

—Siempre es así, esta chica? —pregunta finalmente Katori.

—Sí… —dice fúnebremente Lutum.

No es hasta media hora más tarde, cuando la vuelven a ver aparecer, bajando por las escaleras que dan al bar. Ya se ha cambiado de ropa, pero sigue con la misma cara de pocos amigos, cuando se dirige hacia la mesa donde la están esperando, mientras desayunan.

—Ahora iremos a comprar unas cosas… —dice, imperativa— …después devolveremos el dinero robado, buscaremos un transporte, y nos iremos a Ciudad Baja. Alguna pregunta?

—No —responden rápidamente al unísono.

—Muy bien, pues venga, ahora pagar la cuenta, que os espero fuera.

Y diciendo esto, se va del local.

—Si que está enfadada, eh? —dice en Lutum

—Esta chica es insoportable… no sé como nadie la puede aguantar! Sólo hace que gritar! —remuga en Katori.

Momentos después, los dos salen del local, donde ella ya los espera, sentada en la misma escalera donde la noche anterior se miraba las estrellas.

Finalmente ha dejado de llover, y el día empieza a aclarar. Aunque el suelo, normalmente de arena y polvo, está completamente enfangado.

—Bueno, pues… —dice Lutum— Hacia donde vamos, Sil?

Sil se gira, y por sorpresa de los dos, su cara ha cambiado completamente. La rabia, odio y furia de hace unos escasos instantes ha desaparecido para pasar a tener una mirada inocente y angelical.

Los dos chicos se miran, extrañados.

—Ah, Lutum! —dice sonriente— Que bien que me preguntes esto… ahora tenemos que ir a comprar unas cosas aquí al pueblo… pero mira, como está el suelo… todo enfangado! Me podrías hacer un favor, y llevarme a cuestas? Es que no tengo botas, y me quedaría toda enfangada.

—Argh! —exclama Katori— Sólo quieres que te lleve! Será hipócrita!! Hace un momento nos estabas sermoneando, y ahora, como que quieres que te lleven, nos haces el papelito!! Pero qué morro! No la lleves, Lutum! Que se espabile y se ensucie cómo todo el mundo!

Instantes después, Sil mira satisfecha y sonriente a en Katori, subida a la espalda de Lutum, mientras andan por las calles del pueblo.

—Y que exactamente qué tenemos que comprar? —le pregunta él, mientras la transporta.

—Un montón de cosas! Mapas, una brújula, mantas, ropa, herramientas… no ves que lo perdimos todo cuando nos atacó el avión?

—Os atacó un avión? —pregunta en Katori.

—Y a ti que más te da?! —le suelta ella.

—Sí, ayer! —dice Lutum, recordando el momento con fascinación— Era un avión muy gordo, que volaba muy rápido, sin mover las alas. Tenía un tipo de arma que nos disparaba a toda velocidad! Ratatatata!

—Y porque os atacaron?

—No sé… —dice sin darle importancia, levantando los hombros, y a Sil.

—Y después dicen que si el peligroso soy yo… —se queja el samurai.

—Eh, que nosotros no hemos hecho nada, eh? —dice Sil? No sabemos porque nos perseguían!

—Oh sí… claro!

—Qué pasa, me estás diciendo mentirosa?

—No, no! Es muy normal que un avión te ataqué si no has hecho nunca nada. Ironiza él? Es típico! Suele pasar!

—Samurai amargado! —le insulta ella.

—Cría histérica! —la insulta él.

—Eh, para donde tenemos que ir? —pregunta Lutum, ajeno a la discusión.

—Eh? Ah! Allá, allá! —dice Sil, señalando un comercio que hay al final de la calle, en la esquina.

Cueva Grillada es la única tienda de Vilazul. Y esto hace que vendan de todo un poco. Es tienda de alimentación, droguería, ferretería, venden equipo de montaña, ropa, e incluso tienen un pequeño horno donde se hacen el pan ellos mismos.

Una pequeña campanilla accionada por la puerta anuncia la llegada de los tres clientes. A Sil no le falta tiempo para saltar de la espalda de Lutum y correr hacia la sección de ropa. Mientras, ellos dos se sacuden los pies en el felpudo de la entrada.

—Buenos días! —dice una voz, des del otro lado del mostrador.

Una mujer pequeña, de aspecto centenario se acerca a los dos jóvenes. Tiene el cabello gris, y largo, pero recogido con dos largas agujas de hacer punta.

—Hola! —dice en Lutum.

—Soy Ruth, la propietaria. Los puedo ayudar en algo?

—Ah, no, gracias! —dice él, amable.

—La chica es la que está interesada en comprar —dice en Katori, señalando a la Sil, que ya está acumulando toda la ropa que encuentra.

La tienda, a pesar de ser bastante grande, no tiene ni un pequeño espacio desaprovechado. Está llena hasta los límites de todo tipo de productos. Los estantes, que llegan hasta el techo, están llenos hasta los topes, pero todo está limpio y ordenado.

Mientras Sil entra y sale del pequeño probador una infinidad a veces, siempre con un vestuario distinto, donde espera la reacción de Ruth y Lutum, que le hacen de jurado, Katori se espera sentado en flor de Loto al otro lado de la tienda.

—Este te queda muy bien, hija! —opina Ruth ante la nueva aparición de la modelo.

Sil viste unas botas de montaña, pantalones negros, y un jersey ajustado de manga larga.

—Si, verdad? Me hace un culo muy bonito! Y además abriga mucho! Este me lo llevaré puesto! Los otros, ya me los puede envolver todos!

—Todos? —preguntan boquiabiertos los dos miembros del jurado. Sobre todo Ruth, que normalmente no vende tanta ropa ni en todo un año.

—Sí, todo! Y ahora vamos a por las mochilas y el equipo de montaña! —dice dirigiéndose al otro lado de la tenda, mientras Ruth la sigue libreta en mano, apuntando todas las ventas.

En menos de media hora, las tres grandes mochilas están llenas a reventar, con todo tipo de equipo, ropa, comida y documentación. Ruth se las mira con ojos de mujer de negocios, mientras decide que después de aquella venta ya podrá cerrar la tienda el resto de la semana.

—Muy bien! —dice Sil, contenta— Ya estamos a punto para partir! Esta vez no nos faltará de nada! He, he!

—Esta chica tiene unos cambios de ánimo que dan miedo… —comenta en Katori.

—Esto es por la ropa… —le dice en Lutum, que ya empieza a ser un experto en el tema— …creo que es como su fuente de energía vital… cuanta más tiene, más contenta se pone… aunque no se la pueda poner. Un día me dijo que a casa tiene montones, acumulada.

—Está zumbada…

—Eh, vosotros dos! Qué murmuráis? —pregunta ella, desde el mostrador.

—Nada, nada! —se apresuran a decir, yendo hacia ella.

—Pues serán ocho mil quinientos lerus. —dice Ruth, con una sonrisa de oreja a oreja.

Sil coge los pantalones que llevaba antes de cambiarse de ropa, y busca en uno de sus bolsillos, donde no encuentra nada.

—Que extraño… —dice revisando los otros bolsillos mientras una gota de sudor frío le recorre la espalda, y un pensamiento oscuro le pasa por la cabeza.

—Qué pasa? —pregunta en Lutum.

—No encuentro la cartera… la llevaba en el bolsillo de los pantalones, y ahora ya no es…

Forzando la memoria, Sil recuerda que la última vez que la utilizó fue en una pequeña aldea antes de entrar en las Oratam. Desde entonces, le ha ocurrido de todo; caídas, accidentes de tráfico, persecuciones armadas, e incluso peleas de bar.

—Oh, Dios mío… creo que la he perdido en alguna de las aventures de estos últimos días… —dice desesperada, ante la mirada inquisitòria de Ruth.

—La has perdido? Vaya, pero si hemos pasado por un montón de lugares!! Que haremos ahora? —pregunta Lutum.

Sil, cabizbaja, y con las manos en la cabeza, se siente desgraciada. Ahora que lo tenía todo, incluso la ropa y las mantas que tanto había deseado después de haber pasado tanto frío aquellos días, se veía obligada a devolverlo todo, y a pensar en alguna forma de conseguir más dinero, para volver a comprarlo todo. Y eso que aún les faltaba conseguir un medio de transporte, que también les costaría más dinero. Todo ello implicaba perder más tiempo, y posiblemente también la pista al Dr. Ishor, de nuevo.

Pero de repente, mirando al suelo, ve su salvación. La bolsa de Katori. Vuelve a levantar la cabeza, y se gira, mirando al joven samurai que se asusta al verla, con una encantadora sonrisa de oreja a oreja.

Instantes después, los tres vuelven a andar por las calles de Vilazul, cargados con tres grandes mochilas.

—No me lo puedo creer —se queja Katori— Es que no me lo puedo creer. Después del sermón que nos has hecho esta mañana, y de tratarme de ladrón y de púrria de la sociedad, ahora vas y me pides el dinero que le había robado a Bruno! Y eso que habías dicho que lo tenía que volver!!

—Era una emergencia! —justifica ella, contenta como unas pascuas, sin dejar de andar.

—Una emergencia? —replica él— Pero si tres cuartas partes del lo que llevamos en estas mochilas es ropa!

—Ui, pero es que la ropa es muy importante, para ella, ya te lo he dicho… —murmura Lutum al samurai.

—Exagerado! —replica ella— También hemos comprado todo lo que necesitábamos para el trayecto! Y ahora tenemos que buscar un vehículo! Además, después de esta aventura, cuando vuelva a casa, le devolveré todo el dinero! Mi padre es rico, y a mí no me hace falta robar nada a nadie! Lo que pasa es que he perdido la cartera!

—Lo que te pasa es que eres una hipócrita, que dices una cosa pero después haces lo que te da la gana! Y además eres una cría consentida!

—Estaquirote en kimono! —lo insulta ella.

—Pija malcriada! —la insulta él.

—No os entiendo, de nada, de nada… —murmura Lutum.